viernes, 30 de diciembre de 2011

Nueva York 2011

Jueves 13 Octubre.
Nos levantamos y recogemos la habitación corriendo. Estamos ansiosos por llegar a la ciudad. Yo propongo desayunar en el hotel pero Joaquín no quiere esperar ni un minuto para llegar a Manhattan, así que llamamos un taxi desde la recepción del hotel y esperamos en la puerta. La chica de recepción nos dice que serán unos 70 dolares, lo que nos parece muy caro, pues la tarifa desde el JFK es de 45 dolares, y Newark está mucho más cerca, pero bueno, es lo que hay.
El taxista es de ecuador y vamos charlando con él todo el camino, nos explica muchas cosas interesantes de la economía y el modo de vida del extrarradio de Nueva York. Pillamos un poco de tráfico pero en media hora estamos en el Dowtown localizando el Marriot. El taxista nos deja en la puerta y nos dice que son 90 dólares... le miramos sorprendidos y le decimos que creíamos que eran 70, y nos dice que es eso más los peajes. Nos quedamos mudos pero pagamos, claro, ¿qué vas a hacer?
Un poco enfadados por el sablazo nos vamos a recepción a hacer el check in. El hotel nos encanta, es una pasada, muy bonito y muy lujoso. No esperábamos que fuera tan impresionante. El Marriot Downtown ( http://www.marriott.com/hotels/travel/nycws-new-york-marriott-downtown/ ) nos costó 140 euros por noche en una oferta que pillamos con hoteles.com, que es muy barato para el tipo de hotel que es (de hecho la tarifa oficial es de 800 dolares la noche!!). En recepción un botones nos coge las maletas y nos acompaña hasta la habitación. Se queda esperando la propina, y le damos 10 dolares.
La habitación es enorme, preciosa, con una cama king llena de almohadones, una chaise longe frente a la ventana, un baño alucinante... estamos en la planta veintiséis y desde nuestra ventana hay buenas vistas de la zona cero y las torres nuevas, que están sin terminar. Otro botones nos trae la cuna de la niña, y se queda también esperando la propina. A este le decimos adiós y punto, que son las nueve de la mañana y llevamos ya cien euros gastados como el que no quiere la cosa. Y aún sin desayunar.
Nos instalamos, nos ponemos zapatos cómodos y salimos a la calle. Vamos como en una nube... estamos de vuelta en Nueva York!!! Desayunamos en un Dunking Donuts que hay junto al hotel, en Rector St, y nos vamos a patear. Pasamos junto a la plaza de los indignados, llena de gente, vemos la zona cero y vamos subiendo por Church St, hasta el City Hall. Paramos un rato a ver los edificios de esta zona.
Hace un día un poco feo, con lluvia fina y mucha bruma, pero nosotros vamos encantados de la vida, felices de volver a estar recorriendo esas calles. Llegamos a Canal St y dedicamos el resto de la mañana a hacer compras, mirando tiendas y regateando por chinatown. Joaquín disfruta como un niño en Chinatown. Nos encanta el ambientillo y siempre solemos ir el primer día en NY a comprar recuerdos, regalos, camisetas o bolsos.
A la una, muertos de hambre, buscamos el Big Wing Wong, el restaurante chino al que vamos siempre, y nos metemos un riquísimo pato laqueado, fideos con ternera y verduras y arroz. Volvemos a bajar por Church St, lleva toda la mañana lloviendo y nos da pena que Eire lleva todo el día sentada en el carro debajo del plástico, así que nos vamos al Winter Garden a dejarla correr un poco.
Mientras ella corre como si estuviera poseída y baja y sube las escaleras del Winter, yo hago amistad con algunos padres. Le pregunto que donde podemos ir con la niña mientras llueve y me dice que a Barnes and Noble. Cuando pregunto qué es eso, me miran como si hubiera preguntado qué es la estatua de la libertad, y me explican que es una cadena de librerías donde los niños pueden jugar, y que hay una allí al lado.
Aprovechamos que ha dejado de llover para dar una vuelta por la marina, para ver los barcos. El río Hudson está muy picado y hay unas olas enormes, como si fuera el mar. Paseando por Governor Nelson Park nos encontramos con un parque precioso, con un estanque lleno de peces y columpios. Los columpios son enormes, como grandes castillos de madera donde te puedes subir con tu hijo a jugar, escalar, tirarte por los toboganes, pasar por puentes colgantes... así que mientras el tiempo nos dejó, estuvimos allí jugando con el resto de padres y niños newyorkinos.
Rompió a llover de nuevo y todos salimos pitando del parque, nosotros nos fuimos a Barnes & Noble, en Warren St, parando antes en un Whole Foods a comprar la merienda de Eire y algo de fruta para nosotros. La librería es enorme, y es tipo la FNAC de Madrid, que tiene sillas y bancos para que puedas sentarte a leer, pero tiene una zona especialmente habilitada para niños, enmoquetada y decorada con personajes de dibujos, y con sillitas y cojines por el suelo. Hay montones de cuentos tirados por el suelo, y los niños están allí jugando y viendo los cuentos con sus padres.
Nos encanta el sitio, y nos parece una idea genial para un día de lluvia. Nos tiramos allí una hora, mientras Eire toquetea todo nosotros vemos algunos libros. Hay mucho jaleo por que hay un escritor al parecer muy famoso dando una conferencia y firmando libros... nosotros no nos enteramos de quien era. Finalmente compramos unos cuentos muy chulos, de películas disney, metidos en un cofre, que a Eire le encanta. 12 cuentos por 7 dolares.
Ahora me toca a mi, nos vamos al Century 21. La última vez que estuve en NY, me fui cargada de bolsas del Century 21, con vestidos preciosos y pantalones vaqueros y camisetas de marca y de todo.
Me pongo toda ilusionada a mirar la ropa, auténticos chollos, y cuando pregunto a una de las chicas por mi talla (la 18), me dice que no tienen nada actualmente. Se me revolvió hasta la tripa. Me voy a preguntar a una encargada y me dice que nada de nada. Le digo que otras veces he comprado mucha ropa de mi talla allí, y ella replica que a veces hay, a veces no.
Casi llorando salimos del Century y nos vamos hacia el hotel. Joaquín va consolándome por el camino, que ya encontraremos algo, que anda que no hay sitios en NY, que tal y cual. Entretanto, a Joaquín se le antoja ir a cenar al Dallas BBQ, uno de esos sitios que nos vuelven locos de NY, y como los que conocemos están más al norte, decidimos preguntar a ver si por el downtown hay alguno, así que paramos a una chica, muy maja, que habla español, y que nos da indicaciones para llegar a uno que está a tres calles de nuestro hotel. Es muy fácil, nos asegura.
Nos vamos al hotel a descansar un rato, la habitación nos encanta, sentados en la chaise long vemos varias azoteas y las torres de la zona cero.
Con nuevas fuerzas salimos a cenar. Seguimos las indicaciones de la chica y buscamos el restaurante. Nada. Recorremos la calle que nos ha dicho de arriba a abajo y nada. Preguntamos a varias personas y nada. Llegamos hasta el Pier 17, volvemos hasta Wall St, y seguimos preguntando y buscando. Pero nada. Se nos empieza a hacer tarde y no encontramos nada abierto por la zona, solo restaurantes de lujo carísimos donde la gente se baja de las limusinas en la puerta. Nos entra un mal rollo que no veas y no sabemos ni qué hacer, vamos maldiciendo a la chica que nos ha dado las indicaciones, por no tener ni idea y habernos hecho el lío.
Preguntamos a unos policías y nos dicen que todo es caro por la zona, que nada por menos de cien dolares por persona. Nos entra el pánico. Son las diez de la noche y nos parece tardísimo para andar ahora con el metro buscando una zona para cenar, además estamos agotados. Yo propongo ir al restaurante del hotel, que tiene muy buena pinta, pero claro, tampoco sabemos cómo va a salir de dinero. En esas estábamos cuando al girar una esquina vimos un Fridays y nos pusimos a aplaudir como niños. La verdad sea dicha, no nos van demasiado los Fridays, y no es un sitio al que vayamos a menudo, pero en esa ocasión, todo nos supo de maravilla. Yo me tomé una margarita gigante, y compartimos costillas y hamburguesas.
Saciados y más felices, volvemos al hotel a descansar, haciendo una breve parada en Café Bravo, en Greenwich St, para comprar un cola cao para Eire. Y a dormir, que ya toca.

Viernes 14 de octubre.
Nos levantamos con nuevas fuerzas y tras desayunar en el Dunkin donuts, nos vamos al metro. Nos bajamos en la 33 St, tenemos el primer encuentro de las vacaciones con el Empire y caminamos por la 34 St hasta el Hospital Rusk de Rehabilitación.
Vamos buscando el Glass Garden, nos dicen que está dentro del hospital y nada más entrar, vemos la puerta a la derecha. El Glass Garden es uno de esos pequeños secretos de los padres newyorkinos, es un jardín dedicado a beneficiar la rehabilitación de los pacientes, y está abierto al público.
Por un lado, está el invernadero, donde hay muchas plantas, un estanque con tortugas, jaulas con loros, gatos y conejos sueltos por el suelo. Por otro lado, sales al jardín y hay un montón de columpios, un arenero lleno de cubos y palas, triciclos, carretillas, casas de muñecas, instrumentos de música y muchos otros juguetes que se pueden utilizar con toda libertad. La verdad es que no es nada extraordinario, pero es un lugar genial para los niños, y de hecho, hay bastantes por allí.
Eire se tira un buen rato muy entretenida, jugando con todo lo que pilla. De nuevo vuelve a llover, y dejamos el Glass Garden para seguir pateando la ciudad. Subimos por la 1 ave hasta las naciones unidas, continuamos por la 42 st hasta Grand Central, la biblioteca, el Crysler... seguimos por la 5 ave, hacemos algunas paradas en las tiendas que nos gustan, aunque no compramos nada. Pasamos por el Roquefeller Center, por St Patricks, la Trump Tower, y seguimos parando en todos los escaparates de las tiendas de lujo.
Yo paro un rato en Sephora y me maquillo mientras Joaquín hace fotos a la tienda, que es muy moderna y tiene un dj pinchando en directo. Vamos agotados cuando llegamos a la esquina de la Apple Store, y nos quedamos muy sorprendidos por una larguísima cola que llega hasta varias manzanas atrás. Preguntamos, y alguien nos explica que acaban de lanzar un nuevo iphone y que todo el mundo está cómo loco por tenerlo.
Nosotros nos vamos a FAO, y Eire se vuelve loca en la misma puerta, cuando un chaval disfrazado de soldadito de plomo le da un abrazo y se hace una foto con ella. Dentro de la tienda, la peque pierde el control, abraza a los elefantes y los tigres, se tira en el suelo a jugar con todos los peluches que pilla, compramos unas chuches... esta hija mía tiene las manos muy largas y por más que intentamos controlarla, termina comiéndose un montón de gominolas antes de pasar por caja... claro que esto dejó de importarnos cuando vimos lo que nos cobraban por la bolsita de chuches... bien hecho, Eire. Luego subimos a la planta de arriba y ella enloquece con las marionetas, con los bebés de la nursery, probándonos pelucas y gorros, con los lego y las cocinitas... bueno, y ya cuando vio el piano... se descalzó y se tiró un buen rato pegando botes de un lado a otro, feliz de la vida. Hasta que un grupo de niños un poco mayores terminó arrollándola y tuvimos que sacarla llorando del piano. Ella gritaba: me han aplastado!! mama!! me han aplastado!! Se le pasó el mal sabor de boca jugando otro rato con los animales de peluche. Tras hora y media en FAO, salimos a la calle de nuevo. El soldadito de la entrada vuelve a dar un abrazo a Eire y ... oh, sorpresa, ahora es un señor de unos setenta años, con las cejas blancas. Yo le pregunto a Joaquín ¿cuanto tiempo hemos estado ahí dentro?? Y él se parte.
Son las dos del medio día y yo tengo ya un dolor de piernas que no puedo, así que aunque Joaquín quiere llegar hasta Times Square para comer, le convenzo de comer por allí y mientras caminamos por la 57, vemos un restaurante con pinta de bueno y barato y nos metemos.
Se llama Fresh & Co (no tiene nada que ver con los Fresco de Madrid), y es tipo deli, eliges entre ensaladas, pastas, sandwiches... y pagas según los ingredientes que lleva. Pedimos un plato de pasta, una ensalada y un sandwich de pollo, todo muy rico.
Al salir del restaurante vemos una tienda de ropa con muy buena pinta, Strawberry, paso y pregunto por la talla 18, me dicen que en la planta de arriba, y me pongo morada a comprar camisetas y pantalones vaqueros a un precio super barato. Al salir de la tienda yo no puedo ni con mi alma, vamos agotados, así que cogemos el metro y tiramos para el hotel a descansar un rato.
Al atardecer, ya repuestos y cambiado, nos vamos para Times Square. Eire alucina con las luces y nosotros estamos encantados de estar allí de nuevo. Pasamos al ToysRUs y montamos a Eire en la noria, algo que nos hizo más ilusión a nosotros que a ella. Compramos unas mini princesas Disney para ella (que de nuevo me hizo más ilusión a mi), y salimos a pasear por la calle, entre neones.
Nos metemos por fín en el Dallas BBQ, es la primera vez que vamos al de Times Sq y está a tope, nos apuntan en una lista y en quince minutos tenemos mesa, pero el sitio está a reventar y hay un jaleo tremendo.
Nuestro camarero, muy majo, nos atiende enseguida y nos traen la comida muy pronto, no nos lo esperábamos, con la de gente que había... yo me tomo uno de esos copazos famosos en el Dallas, con ron, sorbete de limón y sirope azul tropical... la verdad, que solo con la copa ya saldrías comido de allí. Nos pedimos una torre de cebolla frita espectacular, una hamburguesa gigante y un combo de costillas con gambas, todos los platos coronados por más cebolla frita, patatas, pan de maiz y ensalada... como para que te de un reventón.
Eso sí, fue la cena más anecdótica del viaje: estábamos sentados en una esquinita, en una mesa pequeñita, si pudierais visualizarme a mi, que abulto lo mío, en un rinconcito atrapada entre la mesa y dos paredes. Vale, de repente se me acerca una chica de unos 16 años y me dice algo en inglés que no entendemos ninguno. Ella insiste repetidas veces, nerviosa y yo le digo a Joaquín: dice que me levante, será que estaba aquí sentada antes y que se ha olvidado algo. Le pregunto si ha perdido algo y me dice un poco borde que me levante que tiene que bajar la escalera para ir al servicio... ¿? ¿Escalera? A mi izquierda una pared, a mi espalda una pared, a mi frente una mesa, a mi derecha ella. Entonces vemos que se agarra a mi mesa para no caerse al suelo por que va... completamente borracha!!!! Le indico que la escalera está en el otro lado y se marcha, mientras mi marido y yo nos morimos de la risa, a lo que se unen los de la mesa de al lado, tres hawaiianos simpatiquísimos que lo habían oído todo con los que estuvimos bromeando un buen rato sobre el tema.
En fin, el camarero se disculpó, seguimos con la cena y casi al final, uno de los de la mesa de al lado tira al suelo de un manotazo uno de sus cockteles, y salpica a sus compañeras y un poco a mi. El chico se deshace en disculpas y entre risas me promete que no ha bebido mucho. Yo le digo: seguro que no quieres que me levante para que puedas bajar por las escaleras? Y ellos estallan en carcajadas. Nos pasamos un rato muy divertido allí con ellos.
Tras salir del Dallas, nos arrastramos hasta el metro y nos vamos al hotel, agotados, a dormir.

Sabado 15 de octubre.
Nos vamos en metro hasta Union Sq, hace seis años estuvimos alojados en este barrio y nos encantó, así que nos apetecía dar un paseo por la zona y sobre todo, ir a desayunar al Gramercy Café.
En Union había mercado de granjeros, echamos un vistazo, pero estábamos deseosos de llegar al Gramercy Café, así que tras orientarnos por la zona caminamos por la calle 17 hasta encontrarnos con él. Nos emocionó un montón estar allí de nuevo, no había cambiado nada.
Nos sentamos junto a la puerta y pedimos dos desayunos completos con huevos, salchichas, bacon, pan tostado, café... todo riquísimo, como de costumbre. El sitio estaba lleno de familias del barrio, desayunando con sus hijos. Recordamos que precisamente eso fue lo que nos encantó tanto del restaurante como de la zona, no es nada turística, solo ves gente local haciendo su vida cotidiana, y nos encanta. Tras el generoso desayuno volvemos al metro.
Es sábado por la mañana, hace un precioso día soleado... Central Park allá vamos. Solo entrar en el parque ya nos emociona, y vamos con una sonrisa de oreja a oreja paseando por los caminos. Hacemos una parada en un parque de columpios y nos tiramos allí un buen rato con Eire. Los columpios son geniales, enormes para que te subas a ellos con los niños, con un fuerte de piedra al que te puedes subir, y trepar por las paredes, y bajar por tuneles... muy divertido. Vimos unos toboganes enormes y me tiré con Eire por ellos... madre mía, ¿cuantos años hacía que no me tiraba por un tobogán?
Hacemos amistad con una chica que está allí con sus tres hijos y habla español, ella nos responde amablemente a todas nuestras preguntas sobre la vida con niños en la ciudad, guarderías, colegios, vida social, etc. Luego, una de sus preciosas niñas le regala a Eire un globo con forma de barita mágica. Nos despedimos de ellos y seguimos su recomendación de ir al carrusel.
El carrusel está dentro de un edificio redondo, y es antiguo, muy bonito. Pagamos 2 $ por un tiket para mi, por que Eire no paga, y me monto con ella en un caballo enorme, a la niña le encanta que es la primera vez que montamos juntas y va todo el tiempo riendo, muy contenta.
Luego seguimos por el parque. Lo que más nos gusta de Central Park es que los fines de semana, te vas encontrando sorpresas a cada paso, vimos a gente tocando el saxofón en los bancos de The Mall, gente haciendo acrobacias, un coro cantando soul en Bethesda Terrace, un campeonato de ajedrez, donde cientos de personas jugaban en mesas al sol... junto a la fuente de Bethesda vemos unas modelos posando en bañador, nos acercamos a hacer fotos y entablamos conversación con ellas, nos dicen que las fotos son para un catalogo de bañadores de una diseñadora brasileña muy famosa, y al poco la conocemos y también hablamos con ella durante un buen rato.
La gente de Nueva York nos parece siempre majísima, no tienen inconveniente en parar su trabajo unos minutos para atender a unos turistas curiosos. Nos hacemos unas fotos con las chicas, los fotografos y los guardaespaldas y nos despedimos de ellos.
Seguimos disfrutando del parque, paseando por el borde del lago, parando cada dos por tres y haciendo mil fotos. Llegamos a The Meadows sobre el medio día y nos tiramos en la hierva a descansar. Las praderas están repletas de gente que disfruta del día de sol, aunque ya hay nubes en el cielo, pero el día está precioso, hay gente volando cometas, jugando al futbol, ensayando bailes, niños corriendo... Eire se integra rápidamente, corriendo detrás de las cometas y persiguiendo a los niños que pasan cerca de ella. Finalmente compramos unos perritos calientes en un carrito y nos los comemos en la pradera.
Tras el descanso, salimos del parque con gran pena y cogemos el metro para ir a Macys. Nunca hemos entrado en esta tienda tan famosa, y a mi me apetece mucho, así que recorremos los almacenes sin parar de alucinar... son enormes!! Una chica me dice que en la quinta planta hay mi talla, allá que voy. Hay verdaderos chollos de firmas americanas como Donna Karan o Calvin Klein, descuentos del 50 al 80 por ciento. Yo me compro un vestido precioso, muy elegante, que entre el descuento que tenía y que a los turistas nos descuentan otro 10 por ciento adicional, al final me salió por 16 euros.
Salimos y nos metemos en Victoria Secrets, a ver si encuentro un encargo que me ha hecho una amiga, pero no lo tienen, así que salimos a dar una vuelta por la calle, y tras comprarme en una joyería un charm de plata de ILOVENY para mi pulsera de recuerdos, nos vamos al hotel a cambiarnos y descansar.
Nos vamos en metro hasta la 7av con 4st, para ir a Corner Bistro, este restaurante es famosísimo por sus hamburguesas, está en un barrio muy chulo, con mucho ambiente nocturno, lleno de cafés y restaurantes.
Cuando llegamos al Corner Bistro vemos que hay una cola tremenda, pero ya que estamos allí, decidimos esperar, cosa que hicimos durante cuarenta minutos. Mientras esperábamos, nos sorprende la expectación que despierta mi hija en el restaurante, la gente se levanta de las mesas para acercarse a decirle hola y saludarla... nosotros con los ojos como platos. Luego alguien nos explicó que no es muy común ver niños por la noche, que para eso están las canguros.
Finalmente nos dan una mesa y llegan las aclamadas hamburguesas, mi primera impresión fue desilusión total, es una hamburguesa con carne, pan y queso, sencilla y no muy grande, aunque con mucha carne. Después de cenar tuve que reconocer que realmente estaba muy, muy buena, aunque no creo que sea como para ir a buscar el restaurante a posta y esperar cuarenta minutos de cola.
Paseamos por el Meatpacking District entre gente super arreglada que esperaba cola en la calle para entrar a los clubes y edificios llenos de encanto, hasta que nos pudo el cansancio y volvimos al hotel.

Domingo 16 octubre.
Nos despertamos con la tristeza de que era nuestro último día en USA. Hacemos maletas, recogemos la habitación y lo dejamos todo en recepción. Nos vamos andando hasta Battery Park y damos un paseo, vemos a miss Liberty, nos hacemos unas fotos por la zona, dejamos que Eire monte un rato en los columpios, y luego caminamos hasta el Pier 17. Nos quedamos un rato admirando las vistas del puente de Brooklyn, sentados al sol, y luego paseamos entre los edificios de estilo holandés.
Para despedirme de las compras me compré una cazadora de piel sintética con unas botas a juego, por unos 45 € todo, al cambio. De vuelta en el hotel a las 2:00pm recogemos las maletas y decidimos comer en el restaurante del hotel, ya que nos quedan aún 5:30 horas para que salga el avión. Nos despedimos de las hamburguesas americanas comiéndonos una gigante y riquísima, con una cerveza.
A las 2:45 estamos en la puerta del hotel, esperando un taxi. Un encargado del hotel nos dice que esperemos, que hay que pedir un taxi específico para que nos lleve al aeropuerto. Tras cuarenta minutos nos entra el nervio, le preguntamos al señor y nos insiste en que esperemos, que cualquier taxi no nos va a llevar. Efectivamente, mi marido intenta parar un par de taxis y todos nos dicen que no nos llevan al aeropuerto.
A las 3:45 por fin nos llega un taxista, con un coche enorme, que nos carga las maletas, el carro y a nosotros y pone rumbo al jfk. Disfrutamos de las vistas desde el puente de Brooklyn, y desde varios puntos de Brooklyn, despidiéndonos de la gran ciudad. Hay mucho tráfico y el taxista nos comenta que esa misma mañana ha tardado ¡tres horas! en llegar al jfk, nos entra el pánico.
Vemos como pasa el tiempo atascados en las calles de Queens, y a mi se me revuelve hasta el estómago. Llegamos al aeropuerto, a las 5:30, justo cinco minutos antes de que cierren la facturación del vuelo. En la ventanilla nos atiende una señora de mediana edad, hispana. Me ve la cara y me pregunta si me encuentro bien, le cuento que hemos pasado muchos nervios por que no encontrábamos un taxi, y luego había mucho tráfico... la mujer nos hace la facturación con mucha simpatía, intentando tranquilizarnos. Cuando nos da los billetes nos indica que tenemos que esperar la cola de pasaportes y cuando nos giramos... vemos que hay una larguísima cola, de una hora o más, para pasar. Casi me desmayo.
La señora de la facturación, con una sonrisa, cierra la ventanilla y nos dice: tranquilos, venir conmigo por aquí, y la buena mujer nos cuela toooooda la cola, y nos pone de los primeros. Ni qué decir que se lo agradecimos en todos los idiomas que se nos ocurrió. Aun así tardamos media hora en pasar los controles, pues a los de delante tuvieron que abrirles las bolsas, y a mi marido también le abrieron la suya (a estas alturas aún no sabe que no puede llevar líquidos, y se dejó el detergente para lavar la ropa en la maleta de mano, con mi consiguiente bronca. Él alega que creía que el detergente era en polvo ). Corriendo literalmente por la terminal, llegamos a nuestra puerta de embarque con unos minutos de margen. No, si es que nos va la marcha, últimamente llegamos así a todos los aviones de regreso...
Nos acomodamos en nuestros asientos y despegamos a la hora prevista, sin retrasos. Durante el vuelo, intentamos dormir y descansar algo, pero mi hija, que va echa un lío con los horarios, se niega a dormir, quiere ver dibujos, leer cuentos y pintar, así que llegamos a Bruselas sin haber pegado el ojo.
En Bruselas nos recoge Beli, y como esta vez no tenemos que pasar pasaportes ni nada, dedicamos la hora que tenemos de escala para tomar café tranquilamente con mi prima. El siguiente vuelo nos trae a Madrid igualmente sin retrasos ni imprevistos.
Nuestra aventura americana ha llegado a su fin, nos traemos imagenes inolvidables en la retina, y más de cuatro mil fotos en la cámara.

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