viernes, 4 de marzo de 2011

Escocia, Reino Unido

Del 19 al 30 de Junio 2010



Marta, Leo, Miriam, Eire, Joaquín, y Beli



Viernes 19



Por fín llega nuestro ansiado viaje a Escocia. Ansiado por que es nuestro primer viaje desde que nació la niña, y por que es nuestro primer viaje con ella, que tiene solo diez meses.



Nos reunimos en el aeropuerto de Madrid Barajas con Marta y Leo. Volamos que Easyjet, que a pesar de ser una compañía Low Cost, los billetes de baratos nada, 180 € por cabeza. A favor de la compañía hay que decir que no tuvimos ningún problema, a pesar que las malas críticas que habíamos leido en internet, ni retrasos ni nada. Aunque es cierto que es algo lioso lo de que los asientos no estén asignados, nosotros, al viajar con un bebé, embarcamos los primeros. Despues de tres horas de vuelo llegamos al aeropuerto de Edimburgo, donde nos esperaba un chico de Arnold Clark. Nos tenían preparado un Citroen Xsara Picasso, como le habíamos pedido, por que ibamos cargados con las cuatro maletas, la bolsa y el carro de Eire y nuestras cuatro mochilas. En el momento de meter los bártulos en el coche hubo un momento de tensión, no estabamos seguros de que fuera a entrar todo, pero el chico de la agencia nos quitó la bandeja y finalmente lo metimos todo sin problemas.



Salimos del aeropuerto entre risas mientras Joaquín se adapta a conducir por la izquierda, con alguna que otra dificultad al llegar a las rotondas de salida del aeropuerto. Finalmente y sin más problemas tomamos la M90 y llegamos a Perth en unos cuarenta minutos. Encontramos la casa tras preguntar y nos emocionamos al ver lo bonita que era. Ardfern Guest House ( http://www.ardfernguesthouse.co.uk/), la llevabamos reservada desde casa y parecía un palacio. Nuestra habitación era enorme, con una cama grande y cómoda, baño completo y una mesa con dos sillones frente a una gran galería de cristal. Nos encantó. Además la amable dueña tuvo el detalle de dejarnos preparados no solo la típica bandeja para el té, si no que además había dejado distribuidas por la habitación bandejitas de cristal repletas de caramelos, chocolatinas y bombones.



Salimos corriendo nada más dejar las maletas tiradas en la habitación y recorrimos Perh completamente emocionados. Es una ciudad encantadora, con bonitos edificios que se reflejan en el rio. Las fotos son preciosas desde cualquiera de los puentes. Eran las diez y era completamente de día. Buscamos un sitio para cenar y nos vamos poniendo nervioso a medida que vemos que los restaurantes cierran a nuestro paso. Solo quedaba abierto un restaurante chino y una pizzería. Estabamos hambrientos, sí, pero no nos podíamos resignar a que nuestra primera cena en Escocia fuera en un chino. Milagrosamente encontramos el Winebar and Restaurant Santé, en el número 10 de South St John´s Place (http://www.sante-winebar.co.uk/). Nos dieron un trato súper amable y amagable, nos recomendaron unos aperitivos geniales mientras esperábamos mesa y luego disfrutamos de una cena digna de reyes, con carnes y vinos de primera y una selección riquísima de postres de la casa. Como curiosidad, en la carta tenían una grán variedad de vinos españoles de Ribera de Duero y La Mancha, jamón iberico y paella. Salimos comentando la alucinante cena que nos habíamos metido para el cuerpo cuando alucinamos aún más al ver que era practicamente de día, y eran las doce de la noche. Habíamos leído que en Escocia anochecía muy tarde, pero es que había tanta luz como si fueran las nueve. Nos parecía genial, y pensamos en cuanto nos iban a cundir los días con tantas horas de luz. Ingenuos de nosotros ni nos imaginabamos la que se nos venía encima... a las cuatro de la mañana se despierta la niña. Por la ventana sin persiana entra una luz como si fueran las doce del medio día y Eire, desconcertada, piensa que ya es hora de levantarse y se niega a volver a la cuna. Durante una larguísima hora Joaquín y yo nos turnamos para estar de pie con ella, acunándola, cantándola, y haciendo todo lo posible para que se vuelva a dormir. Pero es imposible con tanta luz. Yo le juro a Joaquín que si tenemos una solo noche más así, yo me vuelvo a España. Agotados, se nos ocurre la idea de meter la cuna en el cuarto de baño, donde no hay ventana, y finalmente la pobre niña se vuelve a dormir. No nos despertamos hasta las nueve.



Sabado 20



Aunque pensabamos madrugar para comenzar nuestra ruta y le habíamos dicho a la señora de la casa que queríamos desayunar a las ocho, no bajamos al salón hasta las nueve y media. Marta y Leo fueron muy comprensivos en cuanto les contamos la aventura que habíamos tenido por la noche. Nos pusimos a aplaudir como niños cuando nos sirvieron el primer desayuno escocés de las vacaciones: huevos, bacon, salchichas, tomates a la plancha, cereales, tostadas, fruta, café... y como era el primero, nos lo comimos todo.



Dejamos con gran pena esta preciosa casa y salimos de Perth en dirección Stonehaven por la A90 hasta que vimos la señal de Dunnottar Castle. Nada más aparcar en el parquing vemos los primeros hombres con kilt y nos lanzamos a hacerles fotos. Nos parecía increible. Tambien tubimos la primera experiencia con el clima escocés: en Perth el día había amanecido soleado y templado, y nos habíamos puesto de manga corta y sandalias. Al salir del coche en Stonehaven, solo a setenta millas, el día era húmedo, nublado y con un viento helado que cortaba la respiración. Tiritando, sacamos las maletas del coche y nos cambiamos de ropa sin pensarlo.



Dunnottar Castle está sobre un acantilado asomándose al mar. Las olas rompen abajo, en las rocas, y la visión es un espectáculo grandioso. Para llegar hasta él hay que bajar una larga y empinada escalera, y despues subir otra, pero merece la pena por que las ruinas son impresionantes. Alguien en el foro de viajeros había dicho que no merecía la pena por que estaba en muy mal estado, pero a nosotros nos pareció mágico. Sobre una pradera verde y espesa se estienden las ruinas de varios edificios de piedra gris, que con la humedad se ha ido cubriendo de musgo verde y amarillo. Las gaviotas se paran sobre ellas como si estuvieran posando para la foto. Nos entretuvimos más tiempo del que pensábamos entrando y saliendo de los edificios y admirando el paisaje alrededor.



Llegamos a Aberdeen sobre la una pensando, ilusos de nosotros, que en una ciudad pequeña encontraríamos a la primera el recinto de los Highlands Games. Pero resulta que no es una ciudad pequeña y que, una vez metidos en el centro, nos tocó preguntar a cinco personas diferentes hasta que por fín llegamos al aparcamiento. Nada más bajarnos del coche escuchamos el sonido estremecedor de las gaitas y nos ponemos a chillar como niños. Parecemos quinceañeras en un concierto de Jonas Brother. Los juegos de las tierras altas se celebran en un gran recinto al aire libre con una pista multiusos central, donde durante todo el día están sucediendo tres o cuatro cosas simultaneamente, y tienes que ir rodeándola para ver lo que más te interesa. Nada más acercarnos a la pista vemos una gran exhivición de bandas de gaitas y casi se nos saltan las lágrimas... es emocionante de verdad, sobre todo una vez que estás allí en directo, y ves con el orgullo con el que participan llevando los colores de su familia. Más de un centenar de personas, hombre, mujeres y niños, desfilan uniformados tocando los diferentes instrumentos, gaitas y tambores de distintos tamaños. Despues comenzaron los llamados Hards Games, lo que viene a ser los deportes de bruto, por que tela como se las gastan en las Highlands: lanzamiento de rocas, lanzamiento de martillo (pero no el martillito que tienes en casa para clavar alcayatas, no, un martillo de un metro de largo de hierro macizo, que ni me imagino cuanto pesará)... y el plato fuerte, lanzamiento de troncos. Esto sí que nos alucinó, por que los troncos son tan largos como un poste de la luz, pero más anchos. Lo levantan del suelo entre tres o cuatro hombres, se lo ponen al participante en las manos y este, tras coger carrerilla lo lanza al aire. Para que sea válido el tronco tiene que girar, rebotar en el suelo de pie, y volver a girar. Alucinante. Mientras esto va sucediendose en una sección de la pista multiusos, en el centro de la pista hay competiciones de tirar de la cuerda y equipos de diez tiarrones tiran de una cuerda hasta que los contrarios caen al suelo. A la vez hay dos escenarios donde niñas y jovencitas compiten en las diferentes categorías de danza tradicional escocesa. En el otro estremo, unos señores entrados en años compiten con un bastón de lider de banda, desfilando y haciendo los movimientos oficiales, como si fueran militares desfilando delante de su batallón. En fín, que es imposible aburrirse, por que vas girando alrededor de la pista y siempre hay algo interesante que mirar. A parte de esto, hay una gran esplanada verde con puestos de comida, bebida y café, puestos de regalos y artesanía, atracciones para niños, una zona de actividades medievales donde decapitan vez tras vez a un actor... Comimos unos bocadillos tirados en la hierva húmeda y no nos importó mojarnos los pantalones, por que se estaba genial y por todas partes había familias con niños, todos vestidos con sus kilts, luciendo con orgullo los colores de sus tartanes, disfrutando de las ancestrales tradiciones. Fue una experiencia inolvidable, aun nos emocionamos cuando lo recordamos.



Con gran pena dejamos los juegos de las tierras altas y dejamos Aberdeen en dirección Inverness por la A96. Fuimos atravesando bonitos paisajes y pueblos pintorescos. Hicimos una breve parada en Elgin para ver las ruinas de la catedral. Y en algo más de dos horas llegamos a nuestro destino. Esperábamos algo más de Inverness, la verdad, pero no tiene tanto para ver. Encontramos nuestro alojamiento sin dificultad. Ardross Guest House (http://www.glencairnardross.co.uk/), una habitación sencilla pero correcta, límpia, con baño completo y con su típica bandejita para preparar el te. Salimos a pasear por la ciudad y nos gustó mucho el paseo por la orilla del río. No queríamos que se nos hiciera tarde para cenar, así que a las ocho estabamos pidiendo mesa en un pub chulísimo a la orilla del rio. Cual es nuestra sorpresa que la camarera nos dice que no pueden dejar entrar niños a partir de las ocho de la tarde. Confundidos, nos salimos fuera y nos sentamos en una mesa de madera de la terraza del pub. La misma camarera se nos acerca y nos dice que ni fuera ni dentro, que no nos atienden llevando un bebé. Nosotros alucinamos en colores, claro. Nos vamos de allí refunfuñando, indignados y pensando que la camarera era una estúpida estirada y nos llevamos la tremenda sorpresa de que en el siguiente sitio en el que preguntamos, más de lo mismo, con la niña no nos atienden. Lo mismo en el siguiente restaurante, lo mismo en el siguiente... al parecer hay una leyque prohibe la entrada de menores de dieciocho en cualquier local donde se sirva alcohol, a escepción de algunos sitios denominados "restaurantes familiares", donde sí se puede entrar, pero no a partir de las ocho. Un follón. Total, que a las nueve y media aún seguíamos buscando donde cenar, enfadadísimos con el mundo y muertos de hambre, cuando encontramos un sitio encantador, a orillas del río, donde nos atendieron de maravilla y la comida estaba buenísima. El River Cafe está en el número 10 de Bank Street, junto a la Riverside Gallery (http://www.rivercafeandrestaurant.co.uk/). Además tomamos unos postres espectaculares, una especie de milhoja de galletas con nata, frambuesas naturales y hojas de hiervabuena que nos hizo olvidarnos de todo lo anterior. Dimos un paseo despues de cenar para ver la ciudad iluminada (aunque el cielo seguía claro) y nos fuimos al B&B. Nos preparamos un te en la habitación y nos atrincheramos bien, cubriendo las ventanas con toallas y mantas hasta asegurarnos que no entraba ni una gota de luz. Dormimos del tirón.





Lunes 21



Desayunamos en el salón principal del B&B en Inverness y recogemos la habitación. Estamos entusiasmados ante la idea de recorrer el lago Ness, así que salimos prontito y tomamos la A82, por la que en pocos kilómetros llegamos al comienzo del lago. Tras el primer estallido de emoción por estar en un sitio tan mítico, el lago se nos volvió un poco insípido. Vamos parando en los miradores a hacer unas fotos. El paisaje es bonito, pero no tanto como imaginábamos, así que seguimos camino sin parar hasta Urquhart Castle. Desde arriba se ve muy bonito y nos asomamos antes de bajar al centro de visitantes. Una vez abajo nos parece caro, y decidimos en consenso no entrar. Además unos españoles que encontramos en el parking nos dicen que el centro de visitantes no merece la pena, que está muy enfocado al mito del monstruo y poco más. Así que proseguimos nuestro viaje. Todos estamos de acuerdo en que no es todo lo bonito que teníamos en mente, así que seguimos del tirón hasta Fort Augustus, un poco decepcionados. En cuanto llegamos al pueblo, nos ilusionamos de nuevo. Es chulísimo. Aparcamos el coche junto al canal y paseamos por allí, visitamos las preciosas tiendas de artesanía, compramos cosas para la niña en un súper y a mirar las esclusas en funcionamiento mientras tomamos unas cervecitas al sol en una de las terrazas. Lo que se dice disfrutar de las vacaciones. Antes de irnos nos tiramos un rato en la hierba que hay a la salida de las esclusas, mientras Eire tomaba un yogurt y decidimos qué hacemos a continuación. Como el lago Ness no nos entusiasmaba demasiado, yo propuse volver rápido por la A82 y tirar hacia las Highlands, a ver si llegábamos a dormir a Thurso. Joaquín propone hacer más despacio la B852, la carretera que bordea el lago por el este. Finalmente hacemos eso, y desde Fort Augustus decidimos coger la B862, una carreterucha que comienza a ascender y se convierte en un curioso paisaje lleno de pequeños lagos, pastos con ganado y suaves colinas. No dejábamos de parar en cada curva para hacer fotos. En pocos kilómetros nos desviamos por la B852, y comenzamos a tener vistas del lago Ness desde lo alto, sinceramente, mucho más interesantes. Paramos en Foyers al ver la señal anunciando una cascada y bajamos por una larga escalinata de madera perdida entre pinos hasta la bonita cascada, que merece la pena ver. Continuamos disfrutando de la carretera hasta Dores, donde nada más ver el Dores Inn (http://www.thedoresinn.co.uk/) decidimos parar a comer. Nos sentamos en la terraza de madera, al sol, y dejamos que Eire se tire y juegue por el césped. Nos comemos un Fish and chips riquísimo y una cerveza gigante que nos supo a gloria. Tras la comida, nos pedimos los cafés y nos los tomamos en la gran terraza de madera que tienen en la parte trasera, con vistas al lago. Nos entretuvimos allí un buen rato, con la gran playa de piedras frente a nosotros, las tranquilas aguas, las familias de patos nadando… fue un momento idílico. Ah, !y vimos el monstruo del lago! ya lo creo que lo vimos: mientras contemplábamos el paisaje, una señora joven bajó a la orilla con sus niños para que estos se mojaran los pies en el agua, y no se le ocurrió otra cosa a la buena mujer, que agacharse delante nuestro con una minúscula minifalda. Y se tiró un buen rato, la tía. Así que no solo le vimos el monstruo, si no que encima sale en un montón de fotos nuestras, que nos dimos cuenta cuando llegamos a casa y las vimos en el ordenador. En fín.



Aprovechamos también para definir un poco el itinerario de los siguientes días, ya que no teníamos muy claro si preferíamos visitar las Orkadas o las Hébridas Exteriores. Tras sopesarlo un rato, decidimos visitar las Hébridas, pero dando un pequeño rodeo para ver un poco el norte de las Highlands. Así que nos pusimos de nuevo en ruta, atravesamos Inverness, cruzamos el gran puente sobre el Beauly Firth (un firth es una ría, un brazo de mar largo que se adentra en la tierra) y cogimos la A9 hasta el desvío con la A836, que nos llevó hasta Edderton, donde pretendíamos ver la destilería. Llegamos justo a tiempo de ver al director de la destilería echar la llave, cerraban a las cinco. El hombre muy amable nos explicó que podíamos hacer una visita guiada la mañana siguiente, pero nos desbarataba mucho los planes. Aprovechamos para hacer unas fotos por allí y asomarnos como el que no quiere la cosa por todas las puertas que vimos abiertas, pero tampoco es que viéramos mucho. Finalmente subimos hasta la colina donde está la famosa piedra de Edderton. Seguimos camino y como lo nuestro es improvisar, en lugar de seguir del tirón hasta Ullapool, como teníamos pensado, decidimos quedarnos por allí cerca y ver el partido del mundial, que juega España contra Honduras. Nada más decidirlo vemos un alojamiento junto a la carretera, en Ardgay, y paramos a preguntar. El B&B se llama Benreay y está en la misma carretera, saliendo del pueblo, la casa es alucinante y las habitaciones preciosas y enormes, con vistas sobre el Dornoch Firth. Dos habitaciones dobles y un baño para los cuatro, 55 libras por habitación. Decidimos quedarnos sin dudarlo. Carol, la propietaria, es encantadora y nos propone que le enseñemos a la niña la parte trasera de la casa, donde tiene gallinas y pollos de todas las clases y colores, los más raros que hemos visto en la vida, y pavos reales. Encantados, nos entretenemos un rato haciendo fotos por el cuidado jardín, lleno de esculturas de madera y rododendros en flor. Aun era pronto, y quedaban cerca de dos horas para el partido, así que tomamos la pequeña carretera de Strathcarron, que sale desde el mismo Ardgay hacia Croick. Las vistas del valle nos encantan y hacemos el camino despacio, parando cada dos por tres. Vemos ciervos pastando tranquilamente junto a la carretera. Llegamos a Croik y la iglesia está cerrada, pero desde fuera también se pueden ver las inscripciones de las vidrieras y hay unos paneles con la historia de la iglesia y de la gente que se refugió en ella. Nos pareció muy interesante la historia, aunque la iglesia es pequeñita y casi está tapada por la vegetación. Volvimos por el mismo camino y cruzamos el puente desde Ardgay a Bonar Bridge, donde vimos el partido de España en el pub del Bridge Hotel. Bueno, más bien lo vieron los chicos mientras nosotras lo escuchábamos desde el restaurante, por que no nos dejaron entrar con la niña en el pub. Cantamos como locos el gol de España, y todo el mundo lo cantó con nosotros. En el pub, cuando vieron que éramos españoles, todos se pusieron a animar a España con nosotros, invitándonos a pintas y celebrando la victoria del equipo como si fuera la suya propia. Fue muy emocionante. Cenamos de maravilla. Al llegar al alojamiento sobre las diez de la noche, vimos que Carol nos había preparado el salón de la casa con velas y nos quedamos un rato allí charlando, en los cómodos sillones, mientras Eire gateaba por la alfombra, hasta que nos pudo el cansancio.



Martes 22



Nos levantamos con las pilas puestas, organizamos maletas y bajamos a desayunar. Carol nos prepara una preciosa mesa, muy bien decorada y un desayuno de reyes. Las chicas no paramos de hacer fotos a la mesa, por que nos encanta que absolutamente todo lo que hay en ella hace juego. Platos, tazas, salero, cubiertos, servilletas, jarras, mantequillera… todo, es de porcelana verde con gallos o gallinas dibujados. Nos encanta. Ella charla animada con nosotros durante el desayuno y nos regala algunas cosas de recuerdo para la niña, un cuento en inglés, un bote de pompas de jabón… Nos despedimos de ella en el jardín, con la sensación de despedirte de esa tía lejana a la que solo ves de año en año. Continuamos por la A836 hasta Inveran, donde nos desviamos unos kilómetros para ver unas cascadas que nos recomendaron unos en el pub la noche anterior. El centro de visitantes está súper animado y nos entretenemos un rato viendo la tienda de regalos, que es preciosa. Las cascadas nos encantan, aunque en realidad son más bien un salto de agua, pero están en un entorno muy bonito. Antes de continuar camino jugamos un rato con la niña en los columpios que hay junto al aparcamiento. En este momento, los columpios para Eire son lo más de lo más. Volvemos hacia atrás y cogemos la A 837, carretera que nos entusiasma desde el primer momento. Los paisajes son preciosos y vamos despacio, parando cada poco a caminar y hacer fotos. Vemos caballos salvajes, ganado pastando, ciervos… nos encanta. Cuando llegamos a Altnacealgach paramos y nos sentamos en el borde del lago, donde hay una veintena de ciervos bebiendo y es todo un espectáculo. Ha salido el sol y nos tumbamos en una pradera verde a disfrutar el momento, al rato de estar allí nos damos cuenta de que la pradera pertenece al jardín de una casa cercana, pero nadie nos dice nada así que allí nos quedamos. Aunque queríamos hacer noche en Ullapool, aún eran las doce y teníamos mucho día por delante, así que decidimos desviarnos en Ledmore y seguir la A837 hasta Lochinver. Rodeamos el Loch Assynt y paramos en las pequeñas ruinas del castillo Ardvreck, atravesamos el valle de Inver, y paramos en Lochinver. El pueblo es pequeño, con un puerto y un puñado de casas frente al mar. Hay un par de restaurantes con buena pinta, pero nos gusta mucho la idea de comer en una terraza de madera frente al mar, junto a una furgoneta que vende bocadillos y bebidas. Nos comemos unas patatas rellenas de gambas y unos bocadillos con esas maravillosas vistas, y luego tomamos café con tarta de chocolate. La mujer de la furgoneta le regala un helado a la niña, y esta lo devora encantada, es su primer helado. Sigue siendo pronto, y el paisaje de las Highlands nos está entusiasmando, así que decidimos tomar la B869, pequeña carretera que sale del pueblo. Llegamos hasta el final, el faro de Stoer, donde hay unas preciosas vistas desde los acantilados, y desde donde se ven colonias de gaviotas, cormoranes y otras aves marinas. A la vuelta paramos en Achmelvich, donde tras atravesar caminando unas dunas, llegamos a una playa que si no fuera por el frío que se había levantado, sería paradisíaca, con fina arena blanca y aguas de color turquesa. Estuvimos un buen rato paseando por la arena. Desandamos la carretera y de vuelta en Lochinver decidimos ir hasta Ullapool por el pequeño camino que salía atravesando el bosque Inverpolly hasta Drumrunie. El camino en algunos tramos estaba un poco difícil, pero mereció la pena. Los paisajes preciosos, la carretera se desliza entre lagos escoltada por gigantescas moles de granito, realmente alucinante, inolvidable. Llegamos a Ullapool al atardecer. Preguntamos en unos cuantos B&B, pero todos tenían una solo habitación libre. Hasta que encontramos dos habitaciones dobles en Roselea B&B, en Moss Road (01854612252), donde nos atendió la amable señora Mathieson. Nuestras habitaciones estaban en la segunda planta, eran grandes y espaciosas, muy limpias, con un baño para los cuatro, 50 libras. Nos encontramos con la sorpresa de que no había luz en todo el pueblo, por que esa misma mañana un árbol había caído derribando todo el tendido eléctrico. Así que dimos una vuelta por el pueblo y nos quedamos en el Pub Restaurante The Seaforth (http://www.theseaforth.com/), alumbrados con velas, donde nos dijeron que tomáramos toda la cerveza que quisiéramos, por que no había comida mientras no llegara la luz. El Restaurante está a tope y tenemos suerte de encontrar una mesa, donde nos sentamos a tomar cervezas. A la media hora la luz viene y todo el mundo aplaude, se forma una cola impresionante para pedir la comida, pero de nuevo tenemos la suerte de que nos toman nota a nosotros los primeros, por que estuvimos más avispados y teníamos el pedido apuntado en un papel. La cena riquísima, mejillones al vino blanco, sopa de marisco, estofado de ternera y buenos postres. Mientras cenamos hacemos amistad con tres españoles que están recorriendo el país en moto, charlamos un buen rato, encantados de encontrarnos en un lugar tan remoto. Tras la cena damos otro paseo por el pueblo, que nos encanta, y aunque ya son las once, sigue habiendo luz clara mientras subimos de vuelta a nuestro alojamiento. Nos tomamos un té sentados en los sillones de la habitación y a dormir, que mañana madrugamos.



Miércoles 23



Habíamos visto el horario de los ferrys en Internet, y queríamos coger el primero de la mañana, que salía a las 9:30. Así que nos levantamos a las siete y media y bajamos a desayunar a las ocho. La señora de la casa, encantadora como de costumbre, nos preparó una enorme ensalada de frutas y queso, aparte del tradicional desayuno escocés. Desayunamos tranquilamente y ella nos metió prisa en varias ocasiones, que perdéis el ferry, repetía una y otra vez, y nosotros pensando, jolín, qué angustiosa, si falta más de una hora. Mientras desayunamos, ella y su marido juegan con Eire y le cantan canciones escocesas. Total, que cargamos el coche, nos despedimos y bajamos a sacar los tikets del ferry, eran las ocho y veinticinco. Según vamos a meter el coche en el aparcamiento, vemos a un trabajador poniendo unos conos naranjas para impedir el paso. Bajamos y le preguntamos y nos dice que el ferry va a cerrar las puertas por que sale a las ocho y treinta, que hemos mirado mal los horarios. Nos entra el pánico y el hombre nos hace el favor de llamar por el walkie a sus compañeros y decirles que no cierren el trayecto, que aún faltan unos pasajeros. Entramos en la oficina, rellenamos las fichas a la carrera, una por persona y otra por el coche, pagamos y llevamos el coche al interior del ferry. Ya más tranquilos y muertos de risa tras los nervios, subimos a ver el barco alejarse del puerto de Ullapool. Entre carcajadas nos acordamos de la pobre señora Mathieson metiéndonos prisa, y nosotros tan tranquilos, pasando de ella. Desde el ferry las vistas son preciosas, el paisaje impresionante, pero se levanta un aire helado y nos metemos dentro. El Ferry está muy bien preparado, tienen tienda, cafetería, y dos salones con mesas, sofás, sillones… las cuatro horas se pasan volando y nos vienen de maravilla para relajarnos del ritmo que llevamos. La niña duerme dos horas y las otras dos horas se las pasa gateando y rodando por la moqueta. Los chicos duermen y descansan. Marta se pasea y luego duerme un rato. Yo leo un libro la mayor parte del tiempo. Cuando llegamos al puerto de Stornoway estamos relajados y con ganas de comenzar la ruta. Sacamos el coche del ferry y vemos Stornoway. Hay una lluvia ligera y decidimos verlo desde el coche. Tomamos la A857 y salimos de la ciudad. El paisaje es completamente diferente a los días anteriores y nos recuerda bastante al norte de Irlanda, grandes páramos y turberas, ni un árbol hasta donde alcanza la vista. Hacemos del tirón todo el camino hasta Port of Ness, algo alarmados por que no vemos por ningún lado ni un solo restaurante, ni una tienda donde comprar comida, y en el coche solo llevamos un potito y un yogurt para Eire. Al llegar a Port of Ness vemos un pequeño restaurante y entramos, el Port Beach House es acogedor y tiene grandes cristaleras con vistas a la playa y al mar. Nos encanta. Tomamos una especie de puré de verduras casero y fish and chips. La chica nos pregunta de donde somos y charlamos un rato. Tras el café seguimos la ruta hasta el faro de Butt of Lewis. Lo más al norte que hemos estado nunca. Vemos los acantilados y damos un paseo por los alrededores. Nos habían dicho que aquí podríamos ver frailecillos, o Pufin, como los llaman allí. Pero no vimos ninguno, muchas gaviotas y algunos cormoranes. Aun así nos gusta mucho el sitio. Nos pica la curiosidad con unas extrañas flores que hemos visto ya un par de veces, y que parece que tienen pelos blancos, y nos quedamos un rato estudiándolas, fotografiándolas y riéndonos. Desandamos el camino hasta tomar la 858 y llegamos a Arnol, donde visitamos The Black House, la entrada es baratita, dos libras por persona, pero es que la casa tampoco da para más. Seguimos y al llegar a Carloway nos desviamos a ver Gearrannan Blackhouse Village, que nos gusta más y donde encima nos dejan pasar gratis. Echamos un buen rato paseando por la aldea y por la playa que hay junto a ella, que curiosamente está llena de … conejos!! La mayoría de las casas forman parte de un hotel y solo se puede visitar por dentro una, pero el sitio es chulísimo. Continuamos hasta Callanish, que iba a ser el plato fuerte del día. Aparcamos junto a los menhires, en una especie de descampado, y no pasamos por el centro de interpretación. Gracias a eso, vimos los menhires casi solitos, y salieron unas fotos preciosas. El sitio es casi mágico, así que estuvimos quince minutos allí dando vueltas y haciendo fotos. Justo cuando decidimos marcharnos, vemos que suben desde el centro de interpretación un grupo de por lo menos cien turistas, todos juntitos, a ver las piedras. Salimos de allí echando humo. Menos mal que se nos ocurrió pasar del centro y subir directamente a ver las piedras, si no, no hubiésemos sacado ni una sola foto en condiciones, con toda esa manada de gente por allí. Decidimos seguir ya del tirón hasta Tarbert, regresando a Stornoway por la A858 y tomando desde allí la A859. Vamos parando cada poco por que el paisaje es de ensueño, pequeños lagos a derecha e izquierda, grandes pastos con vacas, ovejas y caballos, paramos prácticamente desiertos, y solo de vez en cuando un puñado de casas donde supuestamente hay un pueblo. Vamos medio ensimismados, conduciendo despacio y disfrutando. Eso sí, durante todo el trayecto íbamos buscando alguna tienda donde comprar unos yogures para la niña, y no vimos ninguna, por ninguna parte. Preguntamos incluso en un pueblo, y nada. Y cuando habíamos tirado la toalla y estábamos a punto de darte a la pequeña un biberón, adelantamos una pequeña y destartalada furgoneta que anunciaba “tienda movil”. Pitamos, paró, y nos abre las puertas de la furgoneta un personajillo a lo menos curioso y bastante divertido y nos invita a entrar. Alucinamos, tenía de todo en la furgo!! Y se dedicaba a conducir por los pueblos parando donde le reclamaban. Compramos yogures y unas bebidas, nos hicimos unas fotos de recuerdo con él dentro de la furgoneta, y nos regaló unas chocolatinas. Entre risas, continuamos el camino hasta Tarbert. Donde comenzamos nuestra “Odisea”. A la entrada de Tarbert hay una gasolinera, paramos y está cerrada, con un cartel que anuncia un extraño horario, algo así como que cierran a las cinco y abren otra vez a las siete una hora, hasta las ocho. Bueno, nos queda poca gasolina, pero suficiente. Son las cinco y media de la tarde y no pensamos hacer muchos más kilómetros, así que comenzamos a buscar alojamiento. Todas las casas a tope, en los primeros seis B&B que preguntamos nada libre. En el séptimo, la mujer nos dice que ella no tiene, pero que tal vez su amiga sí, así que hace una llamada de teléfono y nos da la buena noticia. Nos hace un mapa, y nos indica un complicado camino a través de los islotes de Scalpay. Cruzamos Tarbert, tomamos la carretera que indica a Scalpay y comenzamos un precioso camino entre puentes, islotes, montaña y pequeños lagos. Se nos hace muy largo y media hora después dudamos que estemos yendo en la dirección correcta. Pero no hay ni un alma por la calle y no sabemos donde preguntar. Finalmente llamamos a la puerta de una casa y preguntamos a un señor que nos indicó que íbamos bien, que la casa estaba un poco más adelante. Por fin la encontramos. Cansados y nerviosos llamamos a la puerta y una señora que parecía enferma nos abre y nos enseña las habitaciones. La casa es vieja, con decoración de los años cincuenta y olor a rancio (o a pis, como decía Leo) y humedad. No nos gusta mucho el panorama pero no queremos arriesgarnos a no encontrar otra cosa a esas horas. La mujer nos pregunta si traemos la cena. Extrañados decimos que no y ella nos dice que tenemos que volver a Tarbert a cenar y regresar otra vez a dormir a la casa. Se nos cae el mundo encima y pensamos en la media hora que tenemos hasta Tarbert, con el coche en reserva, y luego regresar de nuevo a dormir allí. Finalmente, y no sin darle muchas vueltas, le decimos a la señora que no nos quedamos y emprendemos desesperanzados el regreso a Tarbert. Vemos una casa con buena pinta, Hirta House, y aunque tiene el cartel de No Vacances, decidimos parar y preguntar, por si acaso. Un hombre de cuarenta y pocos nos atiende y nos dice que no tiene nada, pero que tal vez nos pueda ayudar. Nos hace entrar y nos sentamos en un sillón mientras él coge el listín telefónico y hace por los menos veinte llamadas delante nuestro, a otras casas, donde solo recibe respuestas negativas. A nosotros se nos ve la tensión en la cara, todos calladitos, observando al hombre. Él nos explica que no sabe qué pasa esa noche en el pueblo para que todo esté a tope, y nos dice que va a hacer un último intento a alguien que ya le había dicho que no, pero que tal vez la convenciera. Hace una llamada y habla en gaelico durante tres o cuatro minutos con alguien, se ríe, y cuelga. Nos mira triunfal y nos dice: No ibais a marcharos de mi casa sin tener donde dormir!!! Nos explica que una tía suya que vive cerca a veces alquila habitaciones, que no es un B&B pero que tiene una casa grande y vive sola, que acababa de venir de vacaciones y le había dicho en principio que no por que tenía que preparar las habitaciones, pero que como le había insistido, al final había accedido. Nos indica por la ventana qué casa es y vamos para allá. La casa está sobre una pequeña colina, con unas preciosas vistas al mar. La señora, muy amable nos invita a pasar y nos dice que esperemos en el salón viendo la tele, que tiene que preparar las habitaciones. Le explicamos que no hay problema, que vamos a cenar a Tarbert y volvemos en una hora. Así que eso hacemos, regresamos al pueblo y cenamos genial en Isle of Harries Inn, donde comimos pasta y carne, todo muy rico y bien de precio. Al regresar a la casa nos esperaba la mujer con los brazos abiertos, nos explica que ella no acostumbra a alquilar habitaciones, pero que su sobrino le había insistido en que parecíamos muy buena gente y que además teníamos un bebé, y no había querido dejarnos en la calle. Y que no sabe ni qué cobrarnos, que si nos parece bien 50 libras por habitación, le decimos que nos parece genial. Nos enseña las dos habitaciones y quedamos encantados, limpias, acogedoras… nos ha calentado las camas para que descansemos bien con una especie de mantas eléctricas. Así que dormimos como bebés, a gusto y calentitos en casa de aquella maravillosa mujer.



Jueves 24



Nos despertamos con las vistas del mar y los acantilados y un cielo nublado y gris. Olía a huevos y bacon por toda la casa y bajamos al salón a desayunar. La encantadora señora ya nos esperaba con todo preparado, un gran desayuno escocés en el comedor de su casa. Nos preguntó si queríamos porridge y le dijimos que nunca lo habíamos probado así que nos trajo un poco, no nos gustó nada, puaj. Es una especie de papilla de avena caliente y un poco salada, con leche. Ella nos dijo que aquello era lo que los niños escoceses llevaban siglos desayunando. Pues pobrecitos, yo desayunaba chococrispis. Estuvo charlando con nosotros cerca de una hora, contándonos cosas de su vida, sus hijas, su difunto marido… no veíamos el momento de marcharnos de allí, estábamos tan a gusto. Nos despedimos con un abrazo de aquella encantadora señora de la que no sé el nombre por que aunque nos lo dijo, tenía un acento gaélico tan marcado que no la entendimos. El ferry salía a las doce, así que teníamos tiempo de sobra para resarcirnos de los nervios pasados la noche anterior. Dimos un paseo en coche por South Harris, y vimos una preciosa playa en el camino de Luskentyre. Regresamos a Tarbert, sacamos los tikets del ferry y colocamos el coche donde nos dicen. Aun falta una hora para que abran las puertas del ferry, que no queríamos que nos pasara lo que el día anterior, así que dejamos allí el coche y paseamos por el pueblo. Las chicas nos tiramos la hora entera inspeccionando tiendas de regalos y decoración, es que tienen cosas tan bonitas que nos encantan. Los chicos pasean a la niña por la calle. Comienza a llover mientras metemos el coche en la tripa del ferry. Este trayecto es más corto, dos horas y media, así que lo dedicamos a echar unas cartas, leer un poco y andar por allí tirados en los sillones. Vemos llegar el barco a la costa de Skye desde las cristaleras y disfrutamos del bonito paisaje. Bajamos en Uig y tomamos la A855 dirección norte hasta Duntulm Castle. El castillo en sí no es más que un puñado de rocas, por muy vikingo que sea, pero el paisaje nos encanta. Hace un viento helado que corta la respiración así que vamos todo el tiempo viendo el paisaje desde el coche, sin bajar más que para hacer alguna foto. De vez en cuando cae una lluvia fina. Continuamos hasta Kilt Rock, donde al fin bajamos del coche bien tapaditos para ver los acantilados y la cascada. Nos encanta el sitio así que ignoramos el frío y echamos un ratito disfrutando del paisaje. Íbamos buscando donde comer, ya que para variar se nos estaba haciendo tarde, pero no veíamos ningún restaurante. Paramos en una tienda junto a la carretera a ver si podemos comprar algo para hacer unos bocadillos pero a los chicos no les gusta lo que hay. Le señora de la tienda nos explica que un poco más adelante hay un centro cultural donde tienen restaurante. Lo encontramos enseguida y comemos de maravilla, hamburguesas y sándwich calientes. No recuerdo el nombre del pueblo donde estaba. Continuamos y vemos un aparcamiento junto al camino del Old man of Store, no queríamos subirlo entero por que sabíamos que era un camino largo para hacerlo con Eire, pero decidimos caminar un poco por un precioso y tupido bosque donde los troncos de los árboles están tapizados de musgo, líquenes y enredaderas. Muy mágico. Esperábamos ver salir a los elfos de un momento a otro entre los árboles. Eran las cinco cuando llegábamos a Portree y decidimos buscar primero alojamiento, y luego seguir un poco de ruta viendo hasta Dunvegan Castle. Así que comenzamos a buscar, y nos tiramos más de una hora buscando alojamiento. Hay al menos cien B&B en el pueblo, pero algunos muy caros, otros solo tenían una habitación, otro muy cutre, otro en el que la dueña, una chica joven, nos quiso engañar con el precio, otro donde después de descargar las maletas nos dicen que teníamos que haberles dicho que llevábamos un bebé por que no admiten niños en la casa… cuando Irene y Murray MacDonald nos enseñan las habitaciones de Hillview y nos dicen que son 50 libras, estamos a punto de abrazarnos a ellos (murraymacdonald3@hotmail.com). Las habitaciones son pequeñas, pero cómodas y limpias, con bonitas vistas de las montañas y los prados. Nuevamente, el baño está en el pasillo y es para los cuatro. La amable Irene charla conmigo y se ofrece a lavarme la ropa de la niña que llevo sucia, así que se la doy y me pone una lavadora. Son casi las siete cuando salimos de nuevo de la casa así que ya nada de ir a ver castillos, bajamos hasta la plaza de Portree para aparcar el coche y paseamos por el pueblo, que nos encanta. Entramos en todas las tiendas de recuerdos que vemos abiertas y compramos algunos regalos. Joaquín y Leo nos esperan en un pub y sorprendentemente, nos dejan entrar con Eire, así que nos tomamos un par de pintas allí, de risas. Para variar se nos hace tarde para cenar, así que comenzamos a buscar un restaurante por la zona del puerto, que es preciosa y donde paramos cada dos pasos a hacer fotos. Todo está completo. Finalmente subimos otra vez al centro y encontramos el restaurante del Hotel Bosville, donde cenamos cigalas, tomates rellenos, entrecot … y unos postres de película. Las camareras, súper majas, bromean con nosotros y nos traen cuentos y ceras para colorear para Eire. Damos un último paseo por Portree y regresamos en coche a Hillview, a descansar.



Viernes 25



Irene nos pone el desayuno y se queda un rato con nosotros, como ya es costumbre. Me da la ropa de la niña limpia y dobladita. Antes de irnos repasamos el plan del día con Murray, quien saca un gran mapa de la isla y nos ayuda a organizarnos. Nos propone ir a Dunvegan Castle, que a él le encanta, y nos dice que seguramente allí bajo los acantilados veamos focas. Pero nosotros llevamos apuntado que alguien del foro vio focas en Elgol, así que preferimos ir allí. Luego insiste en que no nos perdamos el Armadale Castle, del Clan MacDonald (claro, él es un MacDonald). Nos despedimos y vamos al centro de Portree para comprar en un supermercado, y ya nos aprovisionamos para la comida de queso, paté, pan, bebidas, algún embutido y una cesta de frambuesas. Charlamos con unos españoles que estaban alucinando porque no les dejaban comprar cerveza hasta pasadas las 11 de la mañana. Es la ley. Salimos de Portree por la A87 hasta Broadford, para tomar el caminito B8083 hasta Elgol. La carretera es malísima, pero el paisaje es bonito así que vamos despacio, disfrutando. Tardamos cuarenta minutos en llegar y una vez abajo vemos que no hay nada, solo un pequeño puerto y dos puestos de excursiones marítimas. Ni focas ni nada. Ni siquiera es bonito. Además se supone que desde allí las vistas de The Cuillins son impresionantes pero… sorpresa, están cubiertos de niebla, así que no se ve nada. Teníamos que haber hecho caso a Murray. Desilusionados damos la vuelta y hacemos el camino lo más rápido que podemos, y aun así fue casi media hora. Tomamos la A851 esperando que el castillo merezca más la pena. Llegamos y aparcamos en el parking, pagamos la entrada y vamos lo primero a ver el museo, que tiene audio guías en español pero que si las sigues al pie de la letra, puedes tirarte dos horas viendo el museo. Nosotros fuimos un poco más rápidos, adelantando parte del audio guía, así que lo vimos en una hora. Lo que más interesante nos pareció fue la historia de los Clanes y como se formaron. También la historia de la masacre de los MacDonald, traicionados por otro clan. Volvemos a salir y paseamos por los jardines, que nos encantan. Nos acomodamos a comer frente a la gran explanada del castillo, con las ruinas frente a nosotros, al sol. Nos parecía un lugar idílico así que después de comer estuvimos un buen rato paseando entre las ruinas, haciendo fotos. Salimos de la preciosa isla de Skye por el puente de Kyle of Lochals, disfrutando de los paisajes, y llegamos a Dornie en unos minutos. Vemos una especie de pequeño polígono industrial con un puesto ambulante antes de llegar al puente de Dornie y aparcamos allí el coche para tener buenas vistas del castillo de Eilean Donan. Nos tomamos unos cafés y unos helados allí, sentados en los bancos de madera, con el castillo frente a nosotros, en aquel sitio privilegiado. Nos encantaron las vistas de Dornie desde el puente, el pueblo es muy chulo. Luego nos acercamos al castillo y lo vemos de cerca, pero estaba lleno de gente y no nos apeteció entrar. Cogemos a A87 y del tirón hasta Fort Williams, parando de vez en cuando a hacer fotos de los bonitos paisajes. Llegamos a Fort Williams y aparcamos en el centro, hay una calle larga llena de B&B así que comenzamos a buscar alojamiento. En el primero que preguntamos tienen un apartamento para cuatro, pero es un poco caro. En el segundo nos quedamos sin dudarlo. Aldourie B&B está muy bien situado, a unos cincuenta metros de la calle principal, la casa es muy bonita, con flores frescas en todos los rincones, las habitaciones grandes y cómodas, el baño en el pasillo, 55 libras. Nos tomamos un te y unas chocolatinas que nos ha preparado la señora de la casa y salimos para ir a ver el viaducto jacobita. Tardamos como media hora en llegar a Glennfinnan, aparcamos junto al centro de atención al visitante y las vistas del lago nos gustan un montón, pero… no vemos el viaducto. Damos una vuelta y seguimos sin ver el viaducto. Al final lo vemos y nos quedamos con cara de tontos, es pequeño y tan normal como cualquier otro viaducto del mundo. Bueno, el lago y el monumento por lo menos sí han merecido la pena, así que volvemos a Fort Williams. Juega España contra chile y estamos como locos por ver el partido, así que los chicos salen disparados a un pub de la calle principal mientras nosotras nos ocupamos de subir a la habitación e instalarnos, y de dar de merendar a Eire. Vamos al pub un rato pero al final nosotras nos vamos a pasear por la bonita calle principal, llena de pubs y tiendas, hasta el final del primer tiempo. Aprovechamos el descanso para buscar un sitio para cenar, y nos encontramos con la sorpresa de que no nos dan de cenar en ningún sitio a partir de las ocho. A los chicos les entra el nervio por que empieza el segundo tiempo y no encontramos donde cenar. Y de casualidad entramos en un restaurante chulísimo, (creo que se llemaba Ben Nevis) donde nos acomodan en el restaurante de la primera planta, en una mesa junto a la ventana con preciosas vistas del lago Linnhe. Ellos se bajan a la planta baja, donde están emitiendo el partido en el pub y nosotras nos tomamos un aperitivo arriba hasta que acaba el partido y celebramos entre pintas la victoria de la selección española. Cenamos un pastel de pollo relleno que estaba tremendo, y puding de toffe espectacular. Regresamos a la casa a darnos una duchita y descansar.



Sábado 26



Mientras nos tomamos el omnipresente desayuno escocés, Eire juega con la señora de la casa, tiradas por la moqueta. Cargamos el coche y nos dirigimos a ver Glen Nevis. La cañada es preciosa y merece la pena, así que la recorremos despacio, parando para hacer fotos y pasear cada dos por tres. Nos hubiera gustado tener más tiempo para hacer una ruta de senderismo por allí, por que el paisaje es precioso, pero ya vamos con el tiempo bastante justo. Así que volvemos a Fort Williams y cogemos la A82 y luego la A86 hasta Laggan. Por el camino vamos parando todo el tiempo, por que encontramos un montón de rincones con encanto. Vemos unas pequeñas cascadas que caen sobre unas pozas de agua, junto a la carretera, y hay gente bañándose y tirándose desde las rocas. No hace mucho calor pero el día está tan agradable que apetece mojarse y pasear por allí, así que damos un paseo, subimos hasta la cascada y nos mojamos los pies en el agua. Nos planteamos si ponernos el bañador y quedarnos allí un rato, pero al final seguimos el camino. Al llegar a Laggan vemos una preciosa tienda de alimentación y entramos, el dueño, muy agradable, charla con nosotros mientras nos vende un enorme pan de pueblo, algunas bebidas, patés, fruta y patatas fritas. Seguimos camino por la A889 ya sin tantas paradas, hasta Blair Castle. La entrada al castillo nos impresiona, aparcamos el coche y vemos entusiasmados lo bonito que es todo. Pensábamos hacer solo una visita rápida pero, en vista de los bonitos jardines, decidimos quedarnos a comer allí y dedicarle más tiempo. Así que vemos el castillo, donde hay una gaitera tocando, y después subimos a la colina junto al castillo donde hay bancos y mesas de madera. Comemos allí, prontito, rodeados de pavos reales y ciervos, al solecito. Eire rueda por el suelo entre risas, y gatea detrás de un pavo real intentando cogerlo. Vemos los recintos de los ciervos, de las vacas, y seguimos el camino atravesando el espeso bosque. Nos encanta el paseo entre árboles centenarios y continuamos saliendo del bosque y bordeando los prados hasta el cementerio. Hace sol y la tarde está de lo más agradable. Bajamos hasta los jardines y los recorremos, caminando entre estanques, rodeados de patos y cisnes. La anécdota de la tarde ocurre cuando nos acercamos a un precioso cisne que nada junto a su polluelo, nos paramos a hacerle una foto y de repente, el cisne sale del agua con el cuello estirado y las alas abiertas, bufando como un toro. Qué susto nos dio. Se puso muy agresivo y salimos de allí corriendo. La verdad, nunca nos había atacado un cisne, así que no sabíamos ni qué hacer. Seguimos la visita y, no habiendo escarmentado con la aventura del cisne, nos acercamos a hacer unas fotos a unos patos que nadaban tranquilamente junto a la orilla. Nos acordamos que nos ha sobrado pan de la comida y les echamos unas migas, como se animan y se acercan a comer, troceamos todo el pan y lo esparcimos por allí. En cuestión de segundos, nos vimos completamente rodeados por los menos por treinta patos, que no teníamos ni por donde salir. Nos movemos despacito, haciendo sitio entre los patos, y cuando conseguimos salir de allí seguimos caminando unos metros cuando nos damos cuenta de que… los patos nos siguen!! Fue una risa, claro, y jugamos un rato a ir haciendo eses con los patos haciendo eses detrás de nosotros. Nos partíamos. Dejó de hacernos gracia cuando, quince minutos después, aún nos seguían por donde íbamos y nos empezó a dar mal rollo. Parecía la peli de los pájaros. Finalmente se cansaron cuando vieron que salíamos del jardín. Caminamos hacia el coche, disfrutando de las últimas vistas desde el camino. Cuando íbamos a montarnos en el coche para irnos, vemos que comienza a llegar gente vestida de gala, así que vamos a curiosear y nos encontramos con una boda en el castillo. Nos sentamos en la hierba a ver cómo llegaban coches de época, de los cuales se bajaba gente con el traje típico, el kilt de cuadros, muy elegantes. Hasta los niños pequeños llevaban sus trajes. Entraban al castillo acompañados de la música de un gaitero. Nos quedamos un buen rato, viendo el espectáculo. Salimos y paramos en Pitlochry, pueblo que nos encanta desde el primer momento. La calle principal está llena de tiendas, pubs y restaurantes, y a nosotros, después de tantos días de paisajes y sitios recónditos, nos apetece un montón algo así, un poco más turístico. Así que recorremos las tiendas, paseamos por el pueblo y nos tomamos un té en un pub precioso de la calle principal. Continuamos hasta Aberfeldy, pueblo que también nos gusta bastante pero en el que solo hicimos una parada breve. Nos desviamos a ver el Castle Menzies, donde también había boda. El castillo nos gusta y el entorno también. Vamos hasta Kenmore y nos detenemos a admirar la playa y las barcas en el lago Tay.



Bordeamos el lago por la A827, disfrutando de las vistas, hasta llegar a Killin. Son las siete y nos parece buen sitio y buena hora para buscar alojamiento. Vamos por la calle principal viendo los carteles de No Vacances y nos alertamos, es sábado y nos da miedo que esté todo a tope. No cundió el pánico, por que cincuenta metros después encontramos la Breadalbane House (http://www.breadalbanehouse.com/), donde nos dieron dos preciosas habitaciones con baño por 55 libras. El dueño nos enseña la casa y nos dice que el gran salón que hay junto a la entrada está a nuestra disposición. Así que descargamos maletas, descansamos un rato en la habitación y salimos a pasear por Killin. El pueblo es pequeño pero tiene mucho encanto. Decidimos entrar a cenar en el Hotel Killin, donde primero tomamos una cerveza en la terraza acristalada y luego cenamos en el salón principal, junto a una gran familia escocesa de la que algunos miembros también vestían el kilt. La cena nos encanta y el ambiente también. Mientras nos traen el postre a mi hija le entra el nervio y se pone a llorar. Protesta y lloriquea sin parar por que ya está aburrida de estar allí sentada así que me levanto y la paseo por el jardín que hay junto a nuestra mesa. De pronto viene una de las mujeres de la mesa de al lado, me saluda muy simpática y se ofrece a quedarse jugando con la niña mientras yo termino de cenar. Yo flipo en colores, claro, y le digo que gracias pero que no. Ella insiste, y pacientemente me explica que dos de los niños que hay sentados a la mesa son suyos, y que sabe lo que es no disfruta de una cena por que se pongan pesados, que ella ya ha terminado de cenar, que se queda encantada con la niña en el jardín, que desde donde estoy la veo, y así puedo disfrutar mi cena. Así que así lo hicimos, Eire se quedó jugando con la señora y sus hijos y yo terminé de cenar tranquila. Todos contentos. Me pareció alucinante la amabilidad de la gente. Regresamos a la casa paseando por el bonito pueblo y nos quedamos en el salón tirados en los sofás. El hombre puso a nuestra disposición una gran biblioteca, que incluía libros de turismo de los Trossachs y de Escocia, películas, un montón de juegos de mesa, un baul con juguetes para Eire… al final nos quedamos más de una hora allí, tan agustito. Y luego a dormir.



Domingo 27



Empezamos el día con melancolía, pensando que nuestra aventura iba llegando a su fin. Desayunamos y vamos a ver las falls of Dochart. Está chispeando y vamos con los chubasqueros. Nos gustan las cascadas (que son más bien unos rápidos y saltos de agua), y lamentamos como de costumbre no tener más tiempo para dar un paseo por la orilla del río, que es tan bonita. Buscamos la A84 y vamos hasta Callander. Es pequeñito pero pintoresco. Seguimos camino y entramos en The Trossanchs National Park, primera parada Brig O Turk, pueblo mínimo que casi no sabes donde empieza y donde acaba, bordeando el lago Venachar. Seguimos camino y nos desviamos a ver el puerto S.S. Sir Walter Scott, en el lago Katrina. Nos encanta y nos planteamos dar un paseo en bici. Las alquilan allí y no salen muy caras, además desde el puerto sale un camino para bicis que rodea el lago y que tiene una pinta buenísima. Pero parece que va a llover y termina dándonos pereza, así que seguimos camino, bordeando el lago Achray, hasta Aberfoyle. Por cierto, hay que destacar las preciosas vistas del lago Achray con el hotel Old Trossanch en frente. Aberfoyle también nos gusta, así que damos un paseo. Encontramos una preciosa y original tienda de decoración y Marta y Leo se pierden media hora dentro de la tienda, emocionados. Compran semillas, cosas para el jardín y algunas cosas de decoración. Mientras Joaquín y yo compramos en un Co Operative yogures y potitos para Eire y un par de cosas para comer. Nos desviamos en el lago Menteith para ver el Inchmahome priory, pero resulta que solo se puede ir en barca, y vemos que por ser domingo los precios son más caros, total, que nos mosqueamos y pasamos del tema. Atravesamos de nuevo Aberfoyle para tomar la B829. Paramos en el lago Ard para ver las casas guarda barcos, un poco más adelante Joaquín se pone el bañador y se pega un baño. Ha salido el sol y hace un día precioso. Tomamos una desviación que vemos junto a la carretera y paramos en una zona de picnic, en medio del bosque, donde comemos en unas mesas de madera. Un padre y su hijo, que estaban de paseo y vivían cerca, se acercan a preguntarnos de donde somos y se quedan media hora allí hablando con nosotros, mientras comemos. Seguimos ruta parando en el lago Chon, vemos una cafetería con buena pinta y paramos a tomar un café. El Wee Blether Tearoom es un sitio precioso, tiene una terraza de madera sobre el lago, con preciosas vistas, y un gran mostrador con tartas gigantes de todos los sabores y colores. Nos costó un montón elegir, pero finalmente nos sentamos en la terraza, a tomar café y porciones enormes de tarta de chocolate con crema, de toffe con crema, y una especie de bollos redondos rellenos de mantequilla dulce. Por supuesto no nos los terminamos. Pero estábamos tan a gusto en aquel sitio que no veíamos la hora de irnos. Los dueños, un matrimonio de unos cuarenta que lo llevaban con su hija y otra señora, no paraban de salir a charlar con nosotros y ha ofrecernos que cogiéramos caramelos y gominolas de un bote gigante. El hombre me pidió permiso para llevar a la niña a jugar dentro, y yo accedí, así que se tiraron media hora jugando con ella, paseándola por el jardín y de risas. Ella encantada claro. Marta compra allí mismo unos tarros de cerámica muy bonitos para la cocina, con forma de tartas. Nos despedimos con pena de ellos, por que habíamos pasado un rato francamente agradable, y al irnos, nos dieron de regalo unos paquetes de papel. Iban llenos de trozos gigantes de tartas y puñados de gominolas y caramelos, para que nos los comiéramos luego o al día siguiente. Les prometimos que recomendaríamos el sitio a todo el mundo. Por consejo de esta misma familia, hacemos una parada unos metros más adelante, donde hay una pequeña playa en el lago. Hace sol y calorcito, y decidimos echar allí un ratito tumbados en la playa, mojándonos en el lago (para desgracia de los pescadores que estaban allí atrincherados) y montando a Eire en los columpios que hay al lado. Nos ponemos en ruta de nuevo y vamos hasta Inversnaid, para asomarnos al lago Lommond, y luego a Stronachlachar, para asomarnos de nuevo al Katrina. Queríamos dar una vueltecita en alguno de los barcos que hay en estos pueblos, pero ya a las cinco no salía ninguno, así que desandamos todo el camino hasta Aberfoyle, planteándonos si bajar hasta Balmaha, a ver los islotes del lago Lommond, o ir directamente a Doune a ver el castillo. Finalmente lo hicimos todo, primero a Balmaha, donde solo dimos un breve paseo, y luego del tirón a Doune, pueblo que por cierto nos encantó, sobre todo la calle principal. Vimos el castillo por fuera, como tenemos costumbre, y ya desde allí por la A84 en quince minutos llegamos a Stirling. Es algo tarde y tenemos que buscar alojamiento. Al ser una ciudad algo más grande no sabemos por donde buscar, así que probamos suerte en el primero que vemos, junto al Town Wall, aunque no nos da muy buena pinta. Afortunadamente nos dicen que no, que están completos. Nos entra el nervio. Gracias a Dios se nos ocurre entrar en una calle que hay justo enfrente, Allan Park, y aunque tiene pinta de ser muy residencial, decidimos probar suerte. Nada más entrar en la calle vemos la Georgian House B&B (http://www.georgian-house.com/), tiene pinta de cara carísima pero aún así decidimos preguntar. El majísimo hombre que nos atiende nos enseña la casa y las habitaciones, y alucinamos, por que parece un hotel de cinco estrellas y nos encanta. Nos dice el precio, son 70 libras la doble con desayuno, aunque pensábamos quedarnos decidimos dudar un poco y el hombre, entre risas, nos dice que esperemos un poco que va a hablar con su mujer. Sale la elegante señora y nos dice con una sonrisa que si hay algún problema, le decimos que la casa nos encanta pero que se nos sale un poco del presupuesto, y ella sonríe y dice, bueno, parecéis buena gente y por una noche, que sean 60 libras y ya está. Así que a punto de chillar de alegría descargamos el coche y nos instalamos. Nos explican que nos facilitan todo lo necesario para el desayuno en nuestra habitación, y que por la mañana nos lo tenemos que preparar nosotros. Ningún problema. La habitación es enorme y preciosa, decorada en color crema y dorados, con un baño grandísimo y una mesa con dos sillas junto al gran ventanal. Descansamos un ratito y salimos a cenar. Encontramos en Dunbarton Road el Papa Joes ( http://www.papa-joes.co.uk/), y cenamos genial hamburguesas, nachos y algo de comida mexicana. Eran las diez y por supuesto era completamente de día, así que los planes eran dar un paseo y ver la ciudad después de cenar, pero estábamos agotados, así que damos un breve paseo por la zona comercial de Port Street y volvemos al hotel a descansar.



Lunes 28.



Nos levantamos prontito. Por la noche nos habían dejado en una pequeña nevera que había en la habitación leche, zumo de naranja, pan de molde, algo de fiambre y queso, mantequilla y algo de bollería. Teníamos también una cafetera y una tostadora, así que nos preparamos el desayuno y nos lo tomamos sentados en la elegante mesita con flores que había junto a la ventana, comos si fuéramos marqueses. Nos terminamos también las porciones de tarta que teníamos del día anterior, aunque ya se había puesto un poco dura. Íbamos con retraso en nuestros planes, pues la idea era haber visto Stirling el día anterior y salir prontito para Edimburgo, así que a las nueve estábamos recorriendo la ciudad en coche, parando a ver y fotografiar los principales monumentos y todas las vistas que nos gustaron. Nos parece una ciudad preciosa y nuevamente nos lamentamos por no tener más días para quedarnos allí un poco más. Subimos al castillo y entramos nada más abrir. Aunque casi no lo vamos a usar, sacamos un Explore Pass de 3 días por 22 libras, que con solo visitar el castillo de Stirling y el de Edimburgo nos ahorramos 4 libras por persona, y además nos ahorramos la larguísima cola en el castillo de Edimburgo. Visitamos el castillo y nos gusta mucho, lástima que hay obras y algunas fachadas están tapadas con andamios. Además las vistas desde arriba son muy bonitas. Salimos del castillo y cruzamos a ver el monumento a Wallace, pero como íbamos mal de hora no subimos. Echamos un último vistazo a Stirling y el castillo desde los alrededores y tiramos hacia Edimburgo por la M9. En una hora estábamos en la ciudad. Llevábamos un mapa de la ciudad que nos habían dado en alguna de las oficinas de turismo a lo largo del viaje, pero era malísimo y no sabíamos donde estábamos. Tardamos más de cuarenta minutos en encontrar Princess Street y situarnos. Y al situarnos por fin, encontramos sin dificultad el alojamiento. Ramsay B&B (http://www.ramsaysbedandbreakfastedinburgh.com/) está bien situado, a diez minutos de Princess Street, y las habitaciones son bonitas, limpias y espaciosas. Los dueños son encantadores y te hacen sentir como en casa. Así que en resumen, es un sitio muy recomendable, aunque es más bien carete, entre 75 y 80 libras la noche. Pero sin duda repetiríamos. Llegamos a Ramsay y nos indican donde aparcar para que salga barato, pagamos unas 5 libras por cada día de aparcamiento, y nos instalamos. En el alojamiento nos reunimos con Beli, nuestra prima, que ha volado directamente a Edimburgo para pasar allí dos días con nosotros, y tras dejar las maletas en la habitación salimos ansiosos a recorrer la ciudad. Comemos muy bien en Mezz, en el 49 de London St, cerquita de nuestro alojamiento. Aunque es pronto para nuestras costumbres, así ya vamos del tirón a ver cosas. Subimos por Broughton St y St Andrews St hasta Princess St. Desde allí comenzamos a subir por Cockbum St hasta la Royal Mile. Nos entusiasma la ciudad y vamos hacienda fotos a todo. No nos la imaginábamos tan bonita y asombrosa. Paramos a tomar un té en _________ y continuamos recorriendo cada callejón (o Close, que así se llaman las callejas entre edificios). Intentamos hacer alguna de las visitas guiadas que te llevan por el subsuelo de la ciudad, pero no se permitía hacer con niños, así que nada. Subimos hasta la plaza del Castillo y nos planteamos entrar a la Cámara oscura, pero a algunos no les hace mucho tilín, así que bajamos por un callejón hasta Grassmarket, donde nos empieza a llover, lo que nos da la escusa perfecta para tomarnos unas pintas en The Last Drop. El pub nos encanta y entablamos conversación con varios españoles que había allí. Sigue lloviendo a cantaros, y no se puede ir por la calle ni con chubasquero ni con paraguas, pero nos da pena perder tiempo en la ciudad, así que bajamos por Candlemaker Row hasta la figura de Greyfiars Bobby, y luego subimos por George IV Bridge, viendo los preciosos edificios. Acabamos calados, pero era pronto y, de vuelta en Princes St nos daba rabia volvernos al alojamiento, así que dedicamos el resto de la tarde a comprar souvenirs, como bueno guiris. Encontramos muchísimas cosas para llevar de recuerdo y regalo. Mi opinión es que no merece la pena ir comprando cosas por el camino, que en Princes St puedes comprar de todo por poco dinero. Así que cargados de latas de galletas, camisetas, imanes, libros, etc, regresamos ya por fin al B&B, a ducharnos y entrar en calor. Buscamos un sitio para cenar en los alrededores y nuevamente surge el problema, no nos dejan entrar con niños en ningún sitio a partir de las 8. Preguntamos en diez restaurantes y pubs, y en todos nos encontramos con la misma respuesta. No nos quedaban muchas opciones y estábamos ya bastante desesperados cuando entramos en un restaurante francés a preguntar, L´Scargot Bleu. Los dueños son franceses, y Beli habla con ellos directamente en francés. Muy amablemente nos explican que la ley es muy estricta, pero que ellos tienen sus truquitos. Así que nos meten a un comedor interior, fuera de la vista del resto de los comensales, y con mucho misterio nos dicen que seamos discretos y no nos paseemos por el restaurante. Con tal de que nos den de cenar, nos da igual, la verdad. Pero Beli, que para ella es la primera vez que le niegan la entrada a un sitio por llevar niños, está indignada, bromea con el camarero diciendo que parece que estemos en la Alemania nazi. Lo curioso es que muchos de los sitios que nos habían dicho que no se admitían niños… sí que admitían perros!! Es de locos. Cenamos de maravilla, la verdad. Nosotras un guiso de pollo riquísimo con salsa y verduras y los chicos entrecot. Mientras cenábamos, entró a nuestro comedor secreto otra familia de turistas franceses, con dos hijos adolescentes, que también habían sufrido lo suyo para encontrar donde cenar.



Martes 29



El desayuno en Ramsays riquísimo y muy completo, acompañados por los dueños de la casa y otro matrimonio de turistas ingleses. Esa mañana se abrían las puertas del Castillo de Edinburgo con nosotros los primeritos, esperando para entrar. Como tenemos nuestro pase no esperamos la larguísima cola, entramos directamente y esperamos dentro a Beli, que tubo que sacar su tiket en el momento y le toco esperar cola. Recorremos el castillo entusiasmados por que nos encanta y terminamos todos desperdigados viendo cada uno por su cuenta lo que más le gusta. Yo me quedé con Beli viendo algunas actuaciones de gaiteros. Recorrimos la carcel, los barracones, el hospital, el palacio, la capilla, las joyas de la corona… echamos la mañana. Al salir nos quedamos unos minutos viendo una actuación de una escuela de gaiteros, todos niños de unos diez o doce años. Salimos y bajamos la Royal Mile parando en todas las tiendas y haciendo fotos en todos los rincones. Se nos hizo tarde para comer, para variar, pero tuvimos la tremenda suerte de entrar en Deacon Brodies Tavern, donde no nos pusieron ninguna pega por la niña y donde comimos de maravilla un pastel de carne riquísimo. Cayeron dos pintas por barba, por que el sitio nos encantó y no veíamos el momento de irnos. Seguimos bajando toda la Royal Mile hasta el palacio de Holyroodhouse. Tomamos café y tarta en la cafetería del palacio, en la terraza, al sol. Mientras nos planteábamos si entrar o no frente a la puerta, por que unos querían y otros no, el vigilante, que tenía una cara de escocés que no podía con ella (pelirrojo y muy blanquito), nos dice en español que por dentro no es que merezca demasiado la pena. Charlamos con él un rato, y resulta que el de la cara de escocés, es un sevillano súper majo que vive en Edinburgo. Fíate tú de la apariencias. Nos dice que lo más bonito es verlo por fuera y ver la abadía. Pero cuando vemos el precio de la entrada, nos parece caro, así que lo vemos desde fuera. Desde allí comenzamos el ascenso a Calton Hill. Vamos con la tripa llena, hace un sol tremendo y bastante calor. Llegamos arriba como para que nos diera un infarto. Pero merece la pena, las vistas son impresionantes. Nos quedamos un buen rato allí, disfrutando del precioso día de sol con Edimburgo a nuestros pies, y luego bajamos rápido, más ligeros, hasta Calton Road. Íbamos a regresar al hotel a descansar pero nos encontramos con el Saint James Shopping Centre y las chicas no nos pudimos resistir. Leo y Joaquín nos esperan media hora en un pub tomando unas pintas mientras nosotras curioseamos. Llegamos al Mezz a las 7:30 y nos dicen que podemos cenar, pero que rapidito por que a las 8 no puede estar la niña dentro del restaurante. Ya estamos. El partido de España contra Paraguay empieza a las 8. Empezamos a comer y lo hacemos despacio, llegan las ocho y seguimos como si nada, viendo el partido mientras cenamos. En la mesa de al lado un grupo de jóvenes entre los que hay una española, así que rápido ambientamos el bar. A la media hora me dan un toque y me dicen que por favor, vayamos terminando que nos tenemos que marchar. Nos mosqueamos un poco pero seguimos allí atrincherados viendo el fútbol. Aguantamos con el postre hasta el fin del primer tiempo, cuando un camarero me suplica que aproveche el descanso para irme a verlo a otro sitio. Así que les propuse a los demás que se quedaran (protestaron un poco pero los convencí) y yo me fui a terminar de ver el partido en nuestra habitación, donde celebré yo solita con mi niña a gritos la victoria de nuestra selección. Al final, todos lo celebramos juntos con unas cervezas en las habitaciones.



Miercoles 30



Dejamos la habitación a las 7 de la mañana. Desayunamos como campeones y nos despedimos de la maravillosa familia del B&B. Nos han explicado como llegar hasta el aeropuerto, tenemos un mapa y no parece muy difícil, además aún faltan tres horas para que salga nuestro vuelo. Bueno, pues no parecía muy difícil, pero dos horas después estábamos entrando al aeropuerto de Edimburgo, con los nervios desquiciados. Aun teníamos que entregar el coche de alquiler, y en media hora cerraban la facturación, así que decidimos en consenso que Leo y yo nos quedamos en la puerta del aeropuerto con la niña, el carro y las maletas y vamos esperando la cola, y Marta y Joaquín se van a entregar el coche. Llegamos al a ventanilla, quedan veinte minutos para cerrar facturación. Vamos a entregar las maletas, pasaportes, etc y nos dicen que si no estamos todos, no nos las pueden facturar. Nos entra el pánico. Marta y Joaquín no llegan. Faltan cinco minutos para cerrar facturación y los vemos llegar corriendo por el pasillo principal. Gritamos desde lejos para que nos vean y hacemos la facturación en un minuto. Por los pelos. Bueno, nos gusta el riesgo, ¿y qué? Pasamos el control, y dentro del aeropuerto Marta y yo hablamos de comprar algunas cosas, como te y chocolates con toffe, que nos encantan, pero cuando nos ponemos a buscar la puerta de embarque... está en la otra punta del aeropuerto. Así que corriendo (literalmente) llegamos a las puerta justo para embarcar los últimos, con cinco minutos de margen. Cuando nos sentamos en el avión estábamos sudando, agotados y medio histéricos. Así que tardamos un buen rato en ponernos melancólicos y empezar a echar de menos Escocia.

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