viernes, 4 de junio de 2010

Selva Negra, Alemania

Octubre 2004
DIA 1

Nosotros por motivos familiares volamos a Bruselas y partimos desde Bélgica en dirección Luxemburgo en coche de alquiler, visitamos la ciudad por la mañana y comimos en la plaza, donde había un festival de otoño de la manzana, y podías comprar en los puestos salchichas a la brasa, cerveza, tarta de manzana o buñuelos.
Salimos hacia Badem Badem después de comer, y tras perdernos, dar mil vueltas y comprar en una gasolinera un mapa mejor, llegamos a Badem Badem por la E52 al anochecer. El alojamiento en esta ciudad es caro, y más si llegas un sábado por la noche, sin reservar nada, así que después de varios intentos, nos alojamos en un hotel precioso y muy romántico, de cuatro estrellas, llamado El Pequeño Príncipe (http://www.derkleineprinz.de/index.php?2en). El hotel nos pareció una pasada, y no resultaba muy caro comparado con lo que habíamos estado mirando por la ciudad, ya que la habitación doble con desayuno nos costaba 80 €, según nos explicó el recepcionista, un chico mitad mejicano que hablaba español. Como era tarde para buscar un sitio para cenar, decidimos quedarnos en el restaurante del hotel, donde cenamos una ensalada para compartir, y dos segundos con agua para beber, todo muy rico. Descansamos muy bien es nuestra preciosa habitación, nos relajamos en la bañera gigante y dormimos de maravilla.
DIA 2
Madrugamos y disfrutamos del elegante desayuno buffet del hotel. La gran sorpresa llegó a la hora de pagar la cuenta, cuando en recepción nos pasan una factura de 300 €. Ante nuestra mirada de asombro nos explica que la habitación son 180 € (según él le entendimos mal la noche anterior), la cena 100 €, y 20 de aparcamiento. Y para colmo nos explica sonriente que la propina es aparte.
Nos dejamos el presupuesto de la mitad de las vacaciones.
En fin, este hotel se lo recomiendo a todos los que viajen sobrados de pasta, o los que se quieran dar un capricho.
Superado el susto del alojamiento y tras volver a echar cuentas recorrimos la ciudad. Badem Badem es una ciudad encantadora, aunque a primera vista es un lugar turístico, caro y pijo, por sus casinos y tiendas de lujo, tiene bonitas calles, una coqueta iglesia de estilo ruso de cúpulas doradas, balnearios, un castillo, termas romanas de Caracalla… lo que más me gusto: el Lichtentaler Allee, un paseo ajardinado de estilo inglés, por la orilla del río Oos, por donde pasearon emperadores, generales y burgueses durante los últimos siglos. En los románticos puentes que cruzan el río, nos hartamos de hacer fotos, con los árboles rojos y amarillos de fondo.
Saliendo de Badem Badem tomas la carretera hacia la selva negra, la 500 Schwarzwaldhochstrabe (sí, de verdad se escribe así). Empiezan los paisajes increíbles. Los valles se abren, salpicados de casitas de la pradera, y comienzas a subir montaña por una carretera bordeada de árboles. Nosotros fuimos en Octubre, y el espectáculo de colores nos dejó sin respiración. Tras hacer unas veinte paradas en cada curva para sacar fotografías, llegamos a Bühlerhöhe, donde hay una estación de esquí y un restaurante donde puedes tomar un chocolate bajo un porche de madera mientras contemplas las montañas. Seguimos hasta Mummelsee, un lago glaciar, donde merece la pena aparcar el coche y seguir el sendero que rodea el lago y dar un tranquilo paseo. Unos kilómetros más adelante hay que tomar una salida a la derecha en dirección Allerheiligen, donde encontramos las viejas ruinas de un convento del siglo XIII. El lugar tiene una curiosa mezcla, por un lado el valle es impresionante, y mientras bajas, descubres una especie de halo mágico en las ruinas, en el entorno. También hay un sendero que te lleva por el borde de un riachuelo plagado de pequeñas cascadas. La verdad es que es un sitio idílico. Comimos junto a las ruinas, en Gaststätte Allerheiligen, una sopa muy rica, salchichas con chukrut y una tarta selva negra, pero de las de verdad, de chocolate y cerezas… buff, espectacular!! La porción más grande que había visto en mi vida.
Queriamos llegar a Freudenstadt, pero decidimos recorrer un par de carreteras más, ya que el paisaje nos tenía enamorados, y tomamos un rodeo por la L96 pasando por un curioso pueblito llamado Zwieselberg. Digo curioso, por que íbamos por una carretera atravesando un bosque tan frondoso que parecía que fuera de noche ( en realidad por eso se llama la selva negra, por la poca luz que pasa entre los árboles, nos lo explicaron allí) y de repente se abre ante nosotros una gran pradera, soleada y salpicada de casitas… qué monada!!! Y resulta que todas las casas alquilaban habitaciones. Nos entusiasmamos con la idea de pasar la noche allí, así que comenzamos a llamar puerta por puerta, pero no encontramos ninguna disponible. Así que atravesamos otro trozo de bosque y llegamos a Kniebis, donde encontramos el Café- Pensión Waldesruhe (http://www.kniebis.de/Waldesruhe/index.html). Una gran habitación con baño, calentita, con una terraza enorme y unas vistas maravillosas. Con desayuno incluido, 51 €. Un sitio muy acogedor.
Para encontrar alojamiento en la selva negra, si vais a la aventura sin nada reservado, no hay ningún problema en el momento que descubres las palabras mágicas (sobre todo si no hablas nada de alemán):
ZIMMER: alquiler de habitaciones, casa rural.
FERIENWOHNUNGEN: casas de vacaciones.
Son cómodas, económicas, acogedoras y te permiten tener un contacto más directo con la gente de allí que los hoteles. Hay carteles por todas partes.
Una vez alojados paseamos por Kniebis, que tiene unas pequeñas ruinas y un riachuelo. Y al anochecer fuimos a ver Freudenstadt, que es una ciudad pequeña, con una bonita plaza, la más grande de Alemania, y poco más. Cenamos en un Donner Kebab, por que fue lo único que encontramos abierto. En esa zona, o cenas a las 7, o te quedas sin cenar, los primeros días cuesta un poco hacerte a la idea.
Cerca de aquí, hay un par de localidades dedicadas a las aguas termales, como Bad Rippoldsau o Bad Peterstal. No nos dio tiempo a ir.
DIA 3
Seguimos la ruta hacia el sur por la 462, pasando por Alpirsbach, con una bonita abadía benedictina por donde merece la pena dar un paseo. Se puede visitar la abadía y la fabrica de cervezas Alpirsbacher. Después llegamos a Schiltach, un pueblo bello y muy cuidado con casitas de entramado de madera, una preciosa plaza del mercado y un museo gratuito de la madera y los oficios (es muy pequeñito, pero está curioso). Seguimos por la 500 a Wolfach, donde hay un viejo castillo y un museo de la minería (este no lo vimos, pero tenía buena pinta). Por Haslach im Kinzigtal, con bonitas casas y parques floridos. En dirección Gutach, por la 33, encontramos el Museo de la Selva Negra, en Vogtsbauernhof (http://www.vogtsbauernhof.org/). El museo es muy interesante, ya que puedes ver el interior de autenticas casas y granjas de esta región, y hacerte una idea de la vida que se ha llevado durante siglos, del estilo de vida tradicional. Tardamos una hora en verlo, aunque nos gustó mucho y hubiéramos parado más tiempo, teníamos que seguir con la ruta. Comimos en un puesto junto a la entrada, salchichas y un refresco.
Hornberg es un bonito pueblo en el valle, desde el castillo hay unas vistas preciosas. Triberg también tiene encanto, por la carretera verás los relojes de cuco más grandes del mundo, y si les echas un euro, se mueven las figuras. Muy cerca visitamos Wasserfall, donde están las cascadas de Gutach. El paseo está lleno de magia, las cascadas son preciosas y si tenéis suerte, veréis las ardillas saltando entre los árboles. Nosotros les dimos de comer un panecillo que llevábamos en la mochila.
Continuamos por St Märgen y St Peter, pueblos bonitos que vimos desde el coche, y seguimos la ruta en dirección al monte Kandell (1242 m), las vistas prometían ser espectaculares pero comenzó a caer la niebla y cuando llegamos arriba no se veía absolutamente nada. Muertos de rabia, proseguimos el camino hasta Friburgo entre túneles de abetos. Nuestra intención era dormir en la ciudad y pasear por la noche por ella, ya que tiene fama de tener un buen ambiente universitario. Pero cuando comenzamos a buscar alojamiento, nos dimos cuenta de que nos apetecía mucho más algo como lo de la noche anterior, un pueblo pequeño y un alojamiento rural, así que salimos de la ciudad y tiramos al norte por la 294 dirección Waldkirch. Nada más llegar a Waldkirch buscamos alojamiento y lo encontramos sin problemas. En la Casa Pensión Imhof (http://www.pension-imhof.de/home ), que está siguiendo la calle principal y cerca del cementerio, por 54 € una bonita y espaciosa habitación con baño completo y desayuno. Paseamos al anochecer por el pueblo y nos pareció precioso. En lo alto las ruinas del castillo, una iglesia barroca (de Sta Margarita), y una plaza bordeada de coloridas casas de siglos pasados. Cenamos en la misma plaza, en un Café que hacía esquina en un edificio rosa, una sopa de goulash riquísima y unos filetes. Mientras cenábamos, unas chicas que estudiaban español en el instituto se acercaron a hablar con nosotros, les hacía mucha ilusión practicar. Fue un día muy completo y aprovechado.
DIA 4
El desayuno estuvo de maravilla, con panecillos calientes, embutidos, zumos, quesos y café. La señora, encantadora, nos ofreció papel de plata para que nos lleváramos lo que quedó del desayuno para media mañana.
Friburgo nos recibió por la mañana con el bullicio del mercado frente a la catedral y la ciudad en plena actividad. Nos pareció una ciudad muy bonita, pero aunque tiene muchísimas cosas para ver, estábamos ansiosos por continuar por la selva negra, así que vimos en un par de horas lo principal (la catedral, la casa de Erasmo de Roterdan, el ayuntamiento, la puerta de Suabia y los canales junto al río) y continuamos la ruta. Y no nos equivocamos.
Primero atravesamos una zona de viñedos y castillos, luego paramos en Zavelstein, un pueblo encantador, donde comimos pan relleno y horneado y tarta de chocolate. Aquí paramos en un puesto de la carretera a comprar unas calabazas decorativas para traer de recuerdo. Es curioso lo de los puestos de la carretera, hay una mesa con cosas a la venta: frutas, calabazas, tartas, zumos, sidra, etc. Y no hay nadie para atenderte, hay una hucha donde tú después de coger lo que quieres, echas el dinero. Eso sí que es civismo.
La ruta continuaba a través del precioso valle de Münstertal por la L123, un monasterio benedictino se abre en medio de praderías y bosques donde te sientes en otra época. Mientras hacíamos fotos, las vacas y los caballos se acercaban a curiosear. También bonitas son las casas salpicadas por el valle, de madera con balcones floridos, tan típicas por allí.
Siguiendo hacia el oeste por una carretera de montaña (y de curvas) L142 se alcanza la cima del Belchen, desde donde los días despejados, se divisan los Alpes suizos, el mont Blanc, la llanura del Rhin y los Vosgos. Nevaba, así que nuevamente las vistas tuvimos que imaginarlas, pero a pesar de eso, el paisaje merecía la pena.
Pasamos por Schönau, donde hicimos una parada técnica frente a la bonita iglesia del pueblo, de cúpulas bulbosas, para echar unas postales al correo y comprar unas bebidas. Continuamos a Todtnau por la 317, en el que dimos un paseo. Muy cerca, en Hasbach-Aftersteg hay unas bonitas cataratas en un entorno boscoso lleno de encanto donde parece que van a empezar a aparecer elfos y duendes de un momento a otro. Para llegar a las cataratas desde Todtnau tomar la L126 hasta Aftersteg y a la antes de entrar al pueblo a la izquierda sale la Hasbachstrabe hasta el aparcamiento de las cascadas.
La cima del Feldberg (1493 m) en la carretera 317, nos ofreció por fin, las ansiadas vistas de la selva negra. Paseamos por la zona y tanteamos la idea de hacer alguna de las muchas rutas de senderismo señalizadas, pero preferimos seguir la ruta hacia Schluchsee, un lago de origen glaciar situado en un precioso paisaje. La ruta no nos decepcionó en absoluto y disfrutamos de los rojos, amarillos y ocres de los árboles en medio de aquel paisaje de ensueño.
Anochecía mientras llegábamos por la carretera 500 a Titisee, pueblo que rodea otro lago glaciar. Al acercarnos al pueblo vimos en la ladera de la montaña una granja preciosa que se parecía a las que habíamos visitado en el museo de la selva negra, mi marido iba diciendo lo mucho que le gustaría dormir en un sitio así. Atravesamos el pueblo buscando una casa rural y encontramos enseguida un muñeco de madera con el cartel “zimmer” y una flecha que nos llevó directamente a la granja que tanto nos había gustado. Por 35 € nos alojamos en una granja encantadora, con una habitación sencilla pero completa, con un gran balcón lleno de flores y unas vistas de impresión. No tengo el nombre de la casa, pero se llega con las siguientes indicaciones: salir de la 500 por la L156 Neustadter Strabe dirección Titisee, a la derecha sale un camino que pasa por encima de la autovía, llega a un cruce, girar a la izquierda y la primera a la derecha, ya veréis la granja en medio de la pradera verde.
Bajamos al pueblo y paseamos al anochecer por la orilla del lago. Es un sitio genial para pasar unos días de relax o un fin de semana romántico. Cenamos como campeones en un restaurante del pueblo, donde los lugareños se acercan a tomar unas cervezas y a charlar unos con otros. Aun era pronto pero el pueblo ya estaba desierto, nuestra habitación no tenía televisión y estábamos agotados, así que a las 9 de la noche, ya estábamos durmiendo.
DIA 5
Nos levantamos al amanecer como nuevos. Nos escabullimos entre los establos de la granja para ver como trabajaban con el ganado, ordeñaban las vacas… había mucha niebla, pero a pesar de eso, el sitio era tan encantador que paseamos por los alrededores hasta que levantó el día. Una abuelita digna de cuento, con una larga trenza blanca hasta la cintura y botas de goma, nos sirvió un desayuno enorme con mantequilla casera, bollos y todo tipo de embutidos.
Queríamos llegar hasta el lago Constanza para visitar Meersburg, así que nos alejamos de las montañas y salimos de la selva negra. Nos daba mucha pena dejar la zona pero debíamos seguir con la ruta. Tomamos la 31, desviándonos para hacer una parada en Donaueschingen, donde nace el Danubio en una fuente bajo una catedral de cúpulas bulbosas. Paseamos por la ciudad y por el borde del rió y sus jardines. Las calles de la ciudad no nos impresionaron demasiado a pesar de que tiene fama de tener gran interés arquitectónico, pero los jardines son bonitos. Continuamos con nuestro camino por la 31 hasta enlazar con la E41 y la E54, y llegamos a Meerburg a media mañana. Justo a la entrada del pueblo, a mano derecha encontramos una casa preciosa que alquilaba habitaciones: Gästehaus Flach, en Kronenstrabe Nº 6 (http://www.gaestehaus-flach.de/ ). 45 € habitación doble con desayuno, la habitación enorme con una gran terraza. Dejamos el coche en el aparcamiento de la casa y bajamos andando al pueblo caminando entre viñedos.
En una palabra: Sorprendente. Sabíamos que el pueblo era bonito, pero no esperábamos que nos dejara con la boca abierta. Callejuelas de casas de entramado de madera, arcos, plazas con fuentes y estatuas de piedra, un molino de agua, el castillo viejo y tres palacios, el paseo “marítimo” y los jardines junto al puerto… Comimos en una cervecería de la Unterstadt strasse y pasamos la soleada tarde paseando relajadamente por el pueblo, junto al lago, por los jardines, por arriba, por abajo… precioso, estábamos encantados. Vimos atardecer desde los jardines del palacio, con el sol reflejándose en el lago y ocultándose tras la orilla suiza. Nos recomendaron ver la isla de Mainau (o isla de las flores) y Lindau, una ciudad cercana que era muy bonita, pero nos gustó tanto Meersburg que no quisimos movernos de allí. Cenamos en Alemanen Torkel, un romántico restaurante de la Steig strasse a la luz de las velas. Y ya de noche, con un frío que pela, volvimos a la casa a dormir calentitos bajo el edredón.
DIA 6
Nos levantamos llenos de ánimo por que volvíamos a la selva negra. Desandamos lo hecho los días anteriores y pasamos por algunos de los sitios en los que habíamos parado los días anteriores, hasta la E31, por la que llegamos hasta Gengenbach, un pueblo de cuento de hadas. Dejamos el coche en las afueras y entramos al pueblo por una arcada, el casco histórico y las callejas de entramados de madera te obligan a hacer mil fotos, como por ejemplo la calleja Engelgasse. Se levantó un aire helado así que pasamos a una cervecería a recobrar fuerzas. Continuamos hasta Estrasburgo, aparcamos el coche en las afueras y recorrimos la ciudad. La ciudad está llena de cosas bonitas, como la pequeña Francia, que es un barrio de casas de madera, junto al río, la catedral, las antiguas murallas, y las exclusas del río. Nos estaba encantando. Pero comenzó a llover a cantaros y hacía un frío que te helaba la respiración, así que nuestro paso por la ciudad fue a la carrera. Hacía tantísimo frío que hicimos algo que va totalmente en contra de nuestras creencias de viajero: tomamos el trenecito turístico para recorrer la ciudad. Completamente calados y helados llegamos al coche y nos comimos dentro unos bocadillos que habíamos comprado en el centro. Cogimos la autopista y subimos al norte, atravesando Francia, hasta Trier (o Treveris). Este pueblo tiene mucha historia y algunos monumentos muy importantes, así que habíamos decidido hacer nuestra última noche en Alemania allí, por que además nos pillaba bien para emprender al día siguiente la ruta de regreso a Bélgica. Buscamos casas rurales del estilo de las que habíamos tenido los últimos días, pero no encontramos ninguna, así que finalmente nos quedamos en el hotel Astoria. 80 € una habitación que no le llegaba ni a la suela del zapato a las que habíamos tenido hasta aquel momento. Pero estaba limpio y céntrico. Caminamos hasta el centro y vimos la plaza, la Porta Nigra y los principales monumentos. Cenamos muy bien frente al hotel en un pequeño restaurante donde solo tenían la carta en alemán y terminamos eligiendo la cena al azar, y a dormir. Al día siguiente debíamos regresar a Bélgica y teníamos varias horas de camino, así que nos acostamos pronto, empezando ya a sentir la añoranza por la selva negra, sus pueblos, sus gentes y los maravillosos días que habíamos pasado.

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